viernes, 15 de septiembre de 2017

Por la ruta del Atlántico Salvaje

"En aquellos meses había hecho una larga caminata por Donegal y Galway, tomándole el pulso a la geografía de su patria cautiva, observando como un enamorado la austeridad de sus campos desérticos, su costa bravía, y charlando con sus pescadores, seres intemporales, fatalistas, indoblegables, y sus campesinos frugales y lacónicos." El Sueño Del Celta. Mario Vargas Llosa.

Después de dar buena cuenta de un potente Full Irish breakfast, que nos mantendrá activos durante unas cuantas horas, salimos de Derry camino del Parque Nacional de Glenveagh. Al contrario de Belfast, donde resultó un poco más complicada, la salida de Derry es sencilla y casi sin darnos cuenta, en apenas 10 minutos, ya hemos cruzado la inexistente frontera con la República de Irlanda.

Pronto hay algo que nos llama poderosamente la atención, los colores verde y amarillo lo inundan todo, en forma de bandera, como pancartas o grandes lienzos colgando de los edificios, en forma de banderines en los coches, todo a nuestro paso es una sinfonía de verde y amarillo, los colores de Donegal. No sabemos muy bien por qué pero más tarde tendremos ocasión de averiguarlo, estamos en los quince días finales de la All-Ireland Football Championship, el campeonato anual más importante de futbol gaélico en el que compiten las selecciones de cada condado. Toda Irlanda vive para el acontecimiento y en nuestro recorrido por la isla tendremos ocasión de ver como cada condado compite, no solo en el campo, sino en la forma más colorida y llamativa de animar a su equipo.

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Nosotros, después de una hora de camino, nos encontramos atravesando los montes Derryveagh por unos increíbles paisajes de largas praderas y suaves montañas, donde el ocre del otoño ya le está ganado terreno al característico verde del paisaje. Casi sin darnos cuenta, llegamos al centro de visitantes del Parque Nacional de Glenveagh, el primero de los varios que tendremos ocasión de visitar durante nuestro recorrido.


Después de calzarnos las imprescindibles botas de montaña y equiparnos convenientemente para el chirimiri que de forma intermitente nos acompaña, tomamos el autobús que, por tres euros, nos deja en el Castillo de Glenveagh, justo en el centro del parque y lugar donde empieza el sendero que queremos recorrer.


Nuestra idea original era recorrer el sendero que conduce a un observatorio desde donde es posible admirar la majestuosidad del valle de Glenveagh y el lago Beagh, pero la lluvia no ha dejado el terreno en muy buenas condiciones y la subida se vuelve resbaladiza y a ratos peligrosa, por lo que decidimos recorrer el lago Beagh por el camino que discurre paralelo a él, el sendero llamado Lough Inshagh Walk. Son casi siete kilómetros, pero no tenemos intención de recorrerlo en su integridad, aunque sí nos acercaremos al final del lago.

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Caminando por la paz y tranquilidad de la ribera del lago, uno casi se olvida de la historia trágica que esconden estos páramos. El Parque Nacional de Glenveagh se asienta sobre lo que una vez fueron las tierras de John George Adair, conocido como "Black Jack", protagonista de los desalojos de Derryveagh, uno de los episodios más crueles de la crónica de opresión de los terratenientes ricos sobre los arrendatarios pobres en Irlanda.


Adair, un rico terrateniente que había hecho parte de su fortuna en Estados Unidos, empezó, en 1858, a comprar tierras en la zona de Gartan, Glenveagh y Derryveagh y durante los años siguientes continuó aumentando la propiedad, a la par que empezaba la construcción del castillo.


Su intención era crear una gran reserva de caza para su uso y disfrute, pero la presencia de arrendatarios lo hacía imposible. Como no podía echarlos mientras pagaran el alquiler, aprovechó que, en 1861, un administrador de tierras a su servicio apareció muerto en sus tierras y como no resultó posible identificar un culpable, invocó una vieja ley normanda que permitía culpar a toda una comunidad cuando no se podía acusar a nadie en concreto. 

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En abril de 1861, un pequeño ejército de más de 200 policías, a los que se sumaron matones contratados exprofeso, empezaron a desalojar, casa por casa, a las 47 familias de arrendatarios de Glenveagh para proceder a continuación a derruir sus hogares. Se trataba de más de 240 personas, muchas de ellas mujeres y niños, que pasaron a convertirse en indigentes por los caminos de Donegal y muchos de ellos se vieron obligados a emigrar a Australia en penosas condiciones.


Este episodio permanece todavía hoy en la memoria negra de Donegal, fue tan impactante la infamia de Adair que, cuando murió de disentería en 1885, el Derry Journal publicó su obituario de la siguiente manera: "Se acostumbra a hablar bien de los muertos, por eso no vamos a hablar de John George Adair".


Afortunadamente, hoy todas las tierras y el castillo son de propiedad pública y los podemos disfrutar. Nosotros, tras dejar atrás al viejo aserradero y la cabaña de los pescadores, llegamos frente a la cascada de Astellen, una impresionante caída de 115 metros que prácticamente marca el final de lago. Es el momento de regresar, lo hacemos por el mismo camino disfrutando de una perspectiva diferente.


Ya es casi mediodía y de regreso al centro de visitantes aprovechamos para comer alguna cosa, nos queda carretera y no sabemos cuándo podremos hacerlo. Retomamos la ruta por la R251, disfrutando del paisaje y paramos en el observatorio del lago Dunlewey. El paisaje es espectacular, en frente tenemos la Poisoned Glen y el lago Dunlewey, a la derecha se alza el Errigal, la montaña más alta de Donegal y abajo tenemos la iglesia abandonada de Dunlewey. 

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Precisamente a ella nos dirigimos, a pocos minutos del observatorio, a la izquierda está el desvío que lleva hasta la iglesia. La vieja iglesia, aún en su forma de esqueleto, impresiona. Jane Smith Russell la hizo construir en 1848 como lugar de reposo de su marido que está enterrado en una cripta bajo el suelo de la iglesia. Durante un tiempo dio servicio a los vecinos de la hacienda próxima pero con el declive de la misma entró en desuso. En 1955 se retiró el techo como medida de seguridad. En el cementerio adyacente está enterrado el marido de un matrimonio mixto, protestante él, católica ella. Como ella, que murió más tarde, no quería estar enterrada en suelo "hereje" yace en el cementerio de la Iglesia del Sagrado Corazón, en otro lado del valle. La lápida de su tumba se alinea de forma diferente al resto para que pueda mirar de frente a la de su esposo y así hacerse compañía. Una curiosa historia en un país hecho de historias.

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Nos ponemos en marcha de nuevo y una hora después llegamos a Ardara, la capital irlandesa de los jersey de punto y del tweed. Paramos a pasear y a tomar un café y chocolate bien calentitos y aunque hay numerosas tiendas los precios de las piezas de ropa son intocables.


De nuevo en el coche, nos dirigimos a la cascada de Assarancagh distante unos veinte minutos de Ardara. El camino a la cascada bordea la bahía de Loughros Beg, poblada de granjas de ostras que, con la marea baja, resultan de una extraña belleza. La cascada es uno de los lugares favoritos de los fotógrafos de boda, así que no es de extrañar encontrar alguna novia en el lugar.


Más allá de la cascada, se puede acceder a la playa de Maghera y a las cuevas del mismo nombre, un conjunto de más 20 cuevas que se encuentran debajo de la montaña Slievetooey y que se pueden visitar, algunas, durante la marea baja.


Desde la cascada de Assarancagh también se puede acceder a Glegesh Pass por un sendero señalizado de unos diez kilómetros. Nosotros preferimos regresar en coche para, por la R230, llegarnos a Glegesh Pass, la cañada de los Cisnes, sin duda una de las rutas más bonitas de este viaje. La carretera serpentea entre las montañas de Ghleann Gheis y Mulmosog por un paisaje increíble, se ha de tener una especial precaución para no arrollar a ninguna oveja de las muchas que nos encontraremos por el camino. Las vistas desde el mirador que corona el puerto son excepcionales.


De bajada continuamos por la R230 hasta que en Carrik nos desviamos ya en dirección a Slieve League. Nada más llegar te encuentras un aparcamiento junto a una tienda de artesanía, pero el verdadero observatorio de la Slieve League está a quilómetro y medio de aquí. Mucha gente deja el coche en este primer aparcamiento y lo hace caminando, pero es posible llegar en coche, tan solo hay que levantar la barrera para cruzar y tener presente volverla a bajar, su función no es impedir el paso de personas o vehículos, sino de las muchas ovejas que pastan tranquilamente entre los peñascos.

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Slieve League, en gaélico Sliabh Liag, significa montaña gris. Nos encontramos ante unos magníficos acantilados que se alzan 600 metros por encima del mar, casi tres veces la altura de los famosos acantilados de Moher en el condado de Clare, que visitaremos unos días después.


Una vez en el aparcamiento de la parte superior se puede caminar hasta el punto más alto de los acantilados por el llamado Camino de los Peregrinos. Sin embargo, más allá de los primeros metros, el sendero se vuelve difícil y peligroso. Nosotros preferimos disfrutar con calma del paisaje, agradeciendo la magnífica tarde que no regala el sol. 


El buen tiempo nos permite ver perfectamente la isla Rathlin O'Birne, frente a los acantilados, con su faro en el extremo, un faro construido en 1856 y que en 1974 pasó a ser un faro nuclear pues era la energía atómica lo que lo hacía funcionar, afortunadamente los tiempos cambian y hoy es un faro alimentado por energía solar.


Desde lo alto también resulta perfectamente visible una torre napoleónica, que durante un tiempo poblaron las costas de Donegal, construidas por los ingleses como elemento de defensa durante las guerras napoleónicas. 


Decenas de ovejas nos acompañan durante el camino por los acantilados formando una estampa casi irreal, mirando la mar embravecida, tomamos consciencia de lo que es realmente el Atlántico salvaje.

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De nuevo en el coche, emprendemos camino a Bundoran, donde vamos a hacer noche. Bundoran es la última ciudad de Donegal antes de entrar en el condado de Leitrim. Se trata de la típica ciudad costera, con un agradable paseo marítimo. Después de aparcar el coche y dejar el equipaje en el Fitzgeralds Hotel, salimos a recorrerla y cenar algo. Todo el buen tiempo que hemos disfrutado en el Slieve League, aquí se ha tornado en temporal, la furia de la olas nos hace evidente por qué Bundoran es un paraíso para los surfistas. Así que, después de una agradable cena y de un par de cervezas en uno de los pubs de la calle Main St., el temporal nos obliga a retirarnos al hotel.


Decimos adiós a Donegal con la canción de 1992 Las Vegas in the Hills of Donegal, un auténtico clásico del irish country, una canción irónica que habla del proyecto de convertir el condado de Donegal en una nueva meca del juego, como las Vegas, y que se ha convertido en una especie de himno oficioso del condado. La escuchamos en la versión de Goats Don't Shave.


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