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miércoles, 3 de mayo de 2017

Amanece en Edimburgo

“En Edimburgo ocurren más cosas de las que uno cree.” Nudos Y Cruces. Ian Rankin.

En otoño del año pasado, Ian Rankin, el genial escritor escocés creador del inclasificable policía John Rebus, recibía en Barcelona el Premio RBA de Novela Negra. Sus palabras del discurso de agradecimiento nos sitúan en el paisaje peculiar de la ciudad que vamos a conocer: “Yo escribo desde Edimburgo, la capital de Escocia. Es una ciudad de luces y sombras, un lugar que ha engendrado a filósofos como David Hume, pero que también ha dado cobijo a numerosos actos y personajes terribles. Al explorar Edimburgo con detalle, intento arrojar luz sobre el mundo en general. Y el material no escasea”.

Nosotros, durante unos días, también vamos a explorar Edimburgo, una ciudad que afortunadamente nos ofrecerá muchas más luces que sombras.

En la primera impresión nadie escapa a la sensación de hallarse en una ciudad de fantasía, una ciudad de cuento de hadas. El aire medieval de la Old Town nos lleva de cabeza a un mundo de dragones y princesas, mientras que la sobriedad de los edificios neoclásicos y georgianos de la New Town nos sumerge directamente en el mundo de Mary Poppins.

Edimburgo es eso, sí, pero también mucho más. Es la ciudad oscura de Rebus y Rankin, pero también la fantástica de J.K. Rowling y Harry Potter, es la gran capital de los fantasmas y misterios y cuna de numerosas leyendas, es la ciudad de la ternura y alegría de “Sunshine on Leith” y de amargura de “Trainspotting”. Es una ciudad única y especial.

Entre 2015 y 2017, por razones familiares, visitamos en diferentes ocasiones la capital escocesa, lo que sigue aquí es un compendio de las diferentes experiencias que vivimos, tanto en la capital como en las poblaciones cercanas del Firth of Forth o las más alejadas, pero igualmente próximas del condado de Fife.

jueves, 27 de abril de 2017

La lejana Emperatriz del Norte

"Al mediodía Edimburgo parecía más oscura que nunca, acaso un reflejo de su ánimo. El castillo proyectaba su sombra sobre la Ciudad Nueva, aunque no alcanzaba a elevarse tan alto como el Eyrie." El Escondite. Ian Rankin.

En los meses de verano Edimburgo se transforma radicalmente, es tiempo del Festival, o mejor dicho, de los festivales. Entre junio y septiembre, a veces conviven, a veces se suceden, hasta 12 festivales diferentes. Desde el ya clásico Edinburgh International Festival y su alternativa el Fringe, ambos con sus setenta años a cuestas, al festival de los niños, el de los libros, el de cine, el de Jazz, el de arte, el de ciencia… más de 6000 espectáculos de todo tipo, tanto en locales cerrados como en la calle, que convierten la ciudad en una explosión de vida y color.

Durante los días del festival, sobre todo en agosto, la población se multiplica y también los precios de los alojamientos que en esos días escasean. La relación de los habitantes de Edimburgo con su Festival es ambivalente, obviamente transita del amor al odio, los que pueden aprovechan para huir durante los días álgidos del Festival y por eso no es de extrañar que algún año la prensa haya dado la noticia del fin del Festival con un “Se acabó, podemos volver a casa”.

En esta ocasión hemos llegado justo a tiempo de ver el final, el piromusical que desde los Princes Street Gardens, cierra de forma oficial el festival. Las calles todavía conservan parte del montaje, pero ya son los últimos coletazos de estos meses de locura.
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Hemos tenido suerte, por medio de Airbnb hemos encontrado un agradable apartamento sito en una ubicación inmejorable, Cockburn St, la calle que enlaza la estación de Waverley con la Royal Mile, lugar desde donde vamos a empezar nuestra visita al Old Town, el viejo corazón medieval de Edimburgo.

Una vez en la Royal Mile tomamos la dirección del Castillo, pasamos primero por la Catedral de St. Gilles, que a pesar de su nombre no es en realidad ninguna catedral ya que este título no existe en la Iglesia de Escocia, conocida como High Kirk of Edinburgh (Gran Iglesia de Edimburgo), no hay que perderse el curioso angelito que toca la gaita en la Capilla del Cardo (Capilla Thistle) llamada así por ser la capilla de la Muy Noble Orden del Cardo, la orden de caballería más distinguida de Escocia fundada en 1687 y formada por el monarca y 16 caballeros.

En la otra acera de la calle saludamos a la estatua de David Hume, obra del escultor escocés Alexander Stoddart, y que llama poderosamente la atención por su dedo en extremo brillante. Esto es así porque los estudiantes frotan su mano por el dedo en la creencia que así tendrán suerte en los exámenes, algo que no creo le haga mucha gracia al bueno de Hume, un pensador escéptico que luchó durante toda su vida contra la superstición y que ahora se ve siendo objeto de una de ellas.
postitVecino a Hume está el pub de Deacon Brody, respetable hombre de negocios de día y ladrón de noche, personaje que sirvió de inspiración a Robert Louis Stevenson para su archiconocida novela “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”. Brody fue ajusticiado por sus delitos y se cuenta que fue ahorcado en la misma horca que él diseño y construyó.

Siguiendo por la Royal Mile, pasamos por The Hub, la antigua St. John's Highland Tolbooth Church y que hoy es la sede del Festival Internacional de Edimburgo y llegamos finalmente al Castillo.

Ante nosotros se abre la gigantesca explanada que entre 1563 y 1736, y mientras estuvo en vigor la Ley de Brujería, sirvió de espeluznante escenario para la ejecución de más de 200 mujeres y algunos hombres acusados de brujería. En esos años, un total de 3.837 personas fueron acusadas de brujería en Escocia, muchas de ellas acabaron sus vidas atadas a la estaca, estranguladas primero y quemadas después.

Hoy está ocupada por las graderías habilitadas para el Royal Edinburgh Military Tattoo, la gigantesca parada de bandas militares que durante el mes de agosto se adueña de esta zona del Castillo.

La leyenda dice que los estudiantes de la Universidad de Edimburgo que pasen a través de las puertas del castillo durante el curso escolar, suspenderán los exámenes finales, así que si te encuentras en esta situación entra en el castillo bajo tu responsabilidad. O mejor no entres, el precio a pagar tanto si eres estudiante como si no, es desorbitado. Por ese motivo decidimos no entrar.

Será en otra ocasión cuando podamos saludar al habitante más famoso del Castillo que, siendo Escocia y un Castillo, no puede ser otro que un fantasma, el Lone Piper o Gaitero solitario. Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años, se descubrieron un conjunto de túneles y pasadizos secretos bajo el castillo. Se escogió a un muchacho que por su tamaño pudiera penetrar en dichos túneles y se le encargó que no parara de tocar la gaita para así poder seguir su trayecto. Así lo hizo durante algún tiempo, hasta que bruscamente cesó y desapareció. Nunca fue encontrado y como su espíritu vaga por los túneles de vez en cuando se oye el sonido de su gaita, o eso dicen.

No es el único lugar misterioso del castillo, en el interior del National War Museum, donde entre otras cosas curiosas se encuentra el famoso cuadro de Robert Gibb “La Delgada Línea Roja”, que ilustra la heroica acción del 93º Regimiento de Highlanders en la batalla de Balaclava, muchos visitantes dicen sentir presencias extrañas en forma de sonidos, sombras y roces. Nuestra hija, que durante un tiempo trabajó en el mismo y muchas noches en solitario era la encargada de cerrar el museo, da fe de dichos fenómenos. En fin, es Escocia.

Los fantasmas y toda clase de fenómenos sobrenaturales forman parte inseparable del alma escocesa. Por eso no es de extrañar que la Universidad de Edimburgo albergue, desde 1985, la única cátedra de parapsicología del Reino Unido, la Unidad Koestler de Parapsicología. Con la cantidad de leyendas fantasmales que atesora Edimburgo seguro que no les faltará trabajo.
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Nosotros volvemos sobre nuestros pasos y a nuestra izquierda, poco antes de llegar a George IV Bridge, entramos en Lady Stair's Close para acceder a Makars´ Court donde se encuentra la casa de Lady Stair, sede del Museo de los Escritores. Caminando por Makars´ Court pisaremos sobre las losetas que guardan la inscripción de fragmentos y citas de obras de diferentes escritores escoceses. Ya en el museo, que es de entrada gratuita, podremos disfrutar de objetos y recuerdos relacionados con Sir Walter Scott, R.L. Stevenson y Robert Burns, los tres autores escoceses más universales.

De vuelta a la Royal Mile, descendemos a nuestra derecha por George IV Bridge para tomar Victoria St., una preciosa y colorida calle, y dirigirnos a Grassmarket. Esta es una de las zonas de la ciudad que vale la pena visitar, llena de pubs y restaurantes. En su tiempo fue la ubicación de uno de los quince mercados de la ciudad. En el día de nuestra visita, la plaza está ocupada por un mercadillo de comida y artesanía. La tranquilidad del espacio poco hace sospechar que éste fue un lugar donde se produjeron numerosos disturbios, algún que otro linchamiento, y entre 1.660 y 1785 las ejecuciones públicas, tanto de perseguidos por causas religiosas o políticas, como de criminales de diversa especie.

Precisamente, uno de los pubs de la plaza, el Last drop, recibe su nombre porque era el lugar donde llevaban a los condenados para tomar su último trago antes de la ejecución. Otro de los pubs de la plaza, el Maggie Dickson’s, recuerda a una de las más famosas ejecutadas en el lugar, Half-Hangit Maggie Dickson (la “medio colgada” Maggie Dickson).

Cuenta la historia, en la que también se mezcla la leyenda, que Maggie Dickson fue una mujer que tras ser abandonada por su marido quedó embarazada del hijo del dueño de la posada donde servía. Por miedo a perder su trabajo, ocultó su estado y tras nacer de forma prematura un bebe muerto fue descubierta cuando se disponía a deshacerse del cadáver.

A causa de una ley absurda que castigaba a las mujeres por ocultar su embarazo, fue condenada a muerte. El 2 de septiembre de 1724 fue colgada en el patíbulo de Grassmarket. Una vez en el ataúd y camino del entierro, se empezaron a oír golpes provenientes del interior, Maggie había sobrevivido a la horca. Dado que fue condenada “a la horca” y no “a morir en la horca” y como el ajusticiamiento ya había sido hecho, se le permitió continuar con vida. La leyenda cuenta que Maggie sedujo al cordelero que proporcionó la soga para que la alterara e impidiera así su muerte. Lo cierto es que a partir de entonces, las sentencias ya se formularon con la expresión “a morir en la horca” y pocos años después se modificó también la Ley de Embarazo, pasando a ser castigada la ocultación con trabajos forzados.

Un sencillo círculo de adoquines de granito gris con la cruz formada por adoquines de granito rojo marca el lugar donde, en el patíbulo, fueron colgados más de un centenar de Covenanters entre 1661 y 1688, durante el periodo conocido como The Killing Time (El tiempo de la matanza). También una losa en el pavimento en la parte delantera del White Hart Inn indica el lugar donde, la noche del 2 de abril de 1916, cayó una bomba lanzada por un Zeppelín en el que fue el único ataque aéreo a Edimburgo durante la Primera Guerra Mundial. Esa noche murieron 11 personas en diferentes lugares de la ciudad formando parte de los más de 1.260 civiles que murieron en ataques aéreos contra Gran Bretaña durante la Primera Guerra Mundial.
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Dejamos Grassmarket por Cowgatehead y seguimos por Candlemaker para adentrarnos en el Cementerio de Greyfriars. A estas horas, el cementerio es casi un tranquilo parque donde las viejas lápidas de piedra dibujan un sereno y hermoso lienzo de extraña belleza. Pero es un momento engañoso, de noche el cementerio se transforma en una película de terror.

Como dice el prestigioso periódico The Scotsman: “Incluso los escépticos más profundos han sentido una extraña, a veces aterradora, presencia en el Cementerio Greyfriars.” Se trata del Mackenzie Poltergeist, uno de los fenómenos paranormales más bien documentados en el mundo. Fenómeno que se manifiesta cuando aparece el fantasma de Sir George Mackenzie, también conocido como Bluidy Mackenzie, el azote de los Covenanters que, a instancias suyas, murieron torturados en Greyfriars.

Todo empezó una noche de 1999 cuando un vagabundo en busca de un lugar para dormir entró en el Mausoleo negro, tumba del mencionado Bluidy Mackenzie, y queriendo o sin querer, rompió la lápida que cubría la tumba dejando salir así al fantasma. Desde entonces, más de 450 ataques del fantasma han sido documentados, personas a las que les aparecen rasguños y arañazos o que son empujadas y caen sin nadie alrededor, quemaduras, dedos rotos, caídas bruscas de temperatura...

Curiosamente, el gran escritor escocés Robert Louis Stevenson predijo en 1879 que esto ocurriría, cuando en su libro “Edimburgo pintoresco. Notas” y refiriéndose a Sir George Mackenzie escribió: “Cuando el alma de un hombre está de veras en el infierno, su cuerpo permanecerá en el silencio de la tumba; pero en algún momento la puerta se abrirá y el réprobo saldrá fuera del sepulcro con sus aborrecibles vestiduras.”

Como también relataba Robert Louis Stevenson, era costumbre que los muchachos para probar su valentía se acercaran al mausoleo y golpeándolo gritaran: ”Bluidy Mackenzie, venid si os atrevéis” . Por lo visto finalmente se atrevió y los dos exorcismos que se han realizado hasta la fecha de poco han servido.

Afortunadamente, no todas las historias del cementerio son tan terribles, una nueva moda se ha extendido entre los jóvenes lectores de Harry Potter, que depositan mensajes y flores en una de las tumbas, la de un padre y un hijo llamados Thomas Riddell, que identifican como Voldemort, cuyo nombre real en los libros es Tom Marvolo Riddle.

El tema no va del todo desencaminado, es sabido que J. K. Rowling escribió muchas páginas de la saga desde la cercana The Elephant House, en una mesa junto a la ventana que ofrece una magnífica vista del cementerio de Greyfriars, donde también encontramos la tumba de William McGonagall, conocido como el peor poeta de la historia del Reino Unido y que da nombre a la brillante profesora Minerva McGonagall, la cabeza de Gryffindor. También se supone que la cercana escuela George Heriot, que divide a los alumnos en cuatro casas de distintos colores (Lauriston, verde; Greyfriars, blanco; Raeburn, rojo y Castle, azul), sirvió a la escritora de modelo para Hogwarts y sus casas Slytherin, Hufflepuff, Gryffindor y Ravenclaw. En George Heriot, los alumnos, a lo largo del curso, consiguen puntos para sus respectivas casas, ¿verdad que suena a Hogwarts?
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La última tumba que hay que visitar es la de Bobby, un Skye terrier que, durante 14 años y hasta su muerte, guardó fielmente la tumba de su difunto propietario, cerca del cual está enterrado. Precisamente salimos de Greyfriars por la puerta de Candlemaker Row que da a la estatua que recuerda a Bobby.

Como el hambre ya aprieta, nos dirigimos a la cercana Mums, en la vecina Forrest Road para disfrutar de un magnífico puré con salchichas, la especialidad de la casa, regada con una buena Ale local.

Con el estómago reconfortado nos acercamos al Museo Nacional de Escocia que, como casi todos los museos de Edimburgo, es de entrada gratuita. Una agradable visita imprescindible si se viaja con niños. Es un museo curioso y poco convencional y el segundo más visitado del Reino Unido después del British Museum.

Lo primero que sorprende es el vestíbulo de hierro fundido con techo de cristal que recuerda a una estación y que ilumina de forma natural toda la zona. Tampoco hay que perderse la terraza que ofrece unas vistas magníficas de toda la ciudad.


En cuanto a la colección, mis piezas favoritas son las piezas del juego de ajedrez de la Isla de Lewis, el cuerpo disecado de la oveja Dolly, el primer ser vivo clonado, el reloj del Milenio o Millennium clock tower  y los fascinantes y misteriosos ataúdes en miniatura de Arthur’s Seat.

La visita al museo puede llevar todo el tiempo que quieras, nosotros después de un buen rato decidimos seguir nuestro recorrido por la Old Town regresando a la Royal Mile pasando primero por el ya mencionado The Elephant House. Una vez en la Royal Mile tomamos la dirección del Parlamento, en el extremo contrario al Castillo.

La Royal Mile recibe su nombre porque la distancia sobre la que se extiende es de 1,8 km. de largo o, lo que es lo mismo, una milla escocesa. A lo largo de su recorrido recibe cuatro nombres, el primero es Castlehill, en la parte más próxima al Castillo; el segundo es Lawnmarket; a partir de George IV Bridge, toma el nombre de High Street y, finalmente, a partir de St Mary’s Street, el de Canongate.

Nosotros nos encontramos precisamente aquí, en la frontera entre High Street y Canongate, o lo que es lo mismo, “en el fin del mundo”. Así era conocido este lugar donde se alzaban las murallas de la ciudad vieja. Durante mucho tiempo éste era el punto donde se acababa la ciudad, y pocos, muy pocos, lo atravesaban dado que era necesario pagar un impuesto para regresar de nuevo y era una suma que no todos tenían, por lo que mucha gente, a lo largo de su vida, nunca salió de la Old Town. Hoy, unos adoquines dorados señalan el punto donde se erigían las murallas y, como no puede ser de otra manera, un pub en la esquina también lo recuerda con el nombre de: The World’s End.
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Paramos un momento en la Iglesia de Canongate, con sus llamativos bancos azules, que es la preferida de la Familia Real que, cuando se encuentran en Edimburgo, ocupan los bancos de la primera fila reservados para ellos. A continuación llegamos al Palacio de Holyroodhouse, que es la residencia real y está frente al edificio del Parlamento.

El edificio del Parlamento escocés es tremendamente llamativo. O lo amas o lo odias, pero no deja indiferente a nadie. Obra del arquitecto barcelonés Enric Miralles, siempre ha estado envuelto por la polémica, ya sea por su estilo o por su coste. A los que sean de Barcelona les recordará mucho al Mercado de Santa Caterina, por las vigas y el revestimiento de madera, cuya reforma fue también obra del mismo arquitecto.

El edificio del Parlamento ocupa el espacio que en otro tiempo albergaba, entre otras, la residencia del marqués de Queensberry. En 1707, el marqués decidió apoyar el Acta de Unión y, por lo tanto, la anexión de Escocia a Inglaterra, teniendo que huir apresuradamente de Edimburgo. Dejó en la casa solamente a su hijo James Douglas, de unos diez años de edad, que padecía una enfermedad mental, y a un joven criado. Cuando regresó, se encontró un panorama dantesco, el niño había descuartizado al criado, lo había asado y se lo estaba comiendo. Simplemente alegó que tenía hambre y nadie le había preparado la cena. Desde aquel día fue conocido como James, el caníbal idiota.

Por hoy nos despedimos de la Royal Mile admirando la mejestuosidad del Arthur’s Seat, la colina más alta de la ciudad con sus 251 metros. La subida hasta la cima es una de las excursiones más tradicionales de Edimburgo. Nosotros dejaremos la subida para otra ocasión, el paseo por la Old Town nos ha dejado suficientemente cansados por hoy.

miércoles, 26 de abril de 2017

La Atenas del Norte


"A Rebus nunca le había gustado mucho New Town. Para empezar, había que subir una empinada cuesta para regresar al centro de la ciudad. Además, no había jardines delanteros, y aparcar era un incordio." La Biblia De Las Tinieblas. Ian Rankin.

La Old Town que conocimos ayer poco tiene que ver con la ciudad que era en el siglo XVIII. Enclaustrados en el límite de sus murallas, los 50.000 habitantes de la vieja Edimburgo se hacinaban en unas calles estrechas e insalubres viviendo bajo la amenaza constante de plagas y enfermedades. Sin posibilidad de extenderse, algunos edificios alcanzaban los catorce pisos de altura y el mantenimiento general era más que lamentable.

Cuando una noche de septiembre de 1751 una casa de seis plantas inesperadamente se derrumba, no resulta ninguna sorpresa. Era algo habitual en las barriadas más humildes de la ciudad, pero en esa ocasión sucedió en pleno centro y afectó a una de las familias más prestigiosas de Escocia. En ese momento se dispararon todas las alarmas, se comprobó el estado de numerosos edificios del centro y ante su ruina se procedio a demolerlos. El centro de la ciudad parecía un erial y la ciudad necesitaba ser reconstruida y repensada.

Y en esas apareció George Drummond, conocido como “el fundador de la Edimburgo moderna”, que desde su cargo de Lord Provost –equivalente a alcalde en algunas ciudades escocesas-, lideró la expansión de la ciudad hacia el norte. En 1766, a través de un concurso público, se eligió el proyectó del joven James Craig, un arquitecto sin titulación que tuvo que superar numerosas dificultades en una ciudad tan amante de los títulos como la universitaria Edimburgo.

El proyecto de Craig, que no se inició hasta la muerte de Drummond, planteó un diseño en forma de cuadrícula, en contraste con la forma de espiga de la ciudad medieval. Tres vías anchas paralelas, Princes Street, George Street y Queen Street, flanqueadas en sus extremos por dos amplias plazas, St Andrew Square y Charlotte Square. En contraste con el color oscuro del granito con que fue edificada la Old Town, la New Tow fue construida a partir de una piedra arenisca blanca.

Prestigiosos arquitectos de la época se apuntaron a la construcción de los edificios que darían vida a la planificación de Craig. Edificios sólidos y amplios, sin necesidad de elevadas alturas, espacios abiertos y luz que contrastaban con la vieja ciudad.


La nobleza y la alta burguesía de la Old Town emigraron en masa a la nueva ciudad, pronto les siguieron las clases medias y en la vieja ciudad solamente quedaron las clases más desfavorecidas que continuaron viviendo en unas lamentables condiciones. Para ellos, la New Town no supuso ninguna mejora.

La elegancia, luminosidad y belleza de la nueva ciudad fue el escenario perfecto que propició el período más grande de la historia de Edimburgo: la Ilustración escocesa, fue entonces cuando se convirtió en el principal centro de Europa para la investigación filosófica, la experimentación científica y el debate, pasando a ser conocida como la “Atenas del Norte”.

Iniciamos nuestra visita a la New Town atravesando el puente de Waverley, el mismo donde tiene su parada final el autobús del aeropuerto. Al llegar a Princes Street vemos como se alza imponente el edificio del Hotel Balmoral, con su reloj permanentemente adelantado tres minutos para que los viajeros de la vecina estación de ferrocarril no lleguen tarde. Una tradición que honora su pasado ferroviario pues el hotel, inaugurado en 1902, fue un proyecto de la compañía ferroviaria North British Railway que mantuvo su propiedad durante muchos años. En esos tiempos, cuando el hotel era conocido como British North Station Hotel, tenía un acceso directo a la estación, acceso que hoy ya no existe. Cuenta la leyenda que un largo túnel secreto también comunicaba el hotel con el palacio de Holyrood, residencia de la familia real, pero a falta de evidencias, continua siendo una leyenda.
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El Balmoral es, y ha sido siempre, el único edificio residencial a este lado de Princes Street que mayoritariamente ocupan los jardines del mismo nombre y que se extienden por lo que una vez fue el Nor Loch, un infecto y apestoso lago donde iban a parar todos los desechos de la Old Town y cuyas permanentes emanaciones de metano no eran precisamente lo que querían respirar los prósperos vecinos de la New Town. Desecado en su totalidad es hoy un parque precioso donde se agolpan y amontonan los edimburgueses a la que sale el primer rayo de sol.

Pero antes de entrar en los jardines, lo primero que llama poderosamente la atención es el “cohete gótico”, como irónicamente describe el escritor de viajes y divulgador científico Bill Bryson al monumento a Sir Walter Scott. George Kemp, otro autodidacta no titulado en la ciudad de los títulos, diseñó el que, con sus cincuenta y cuatro metros de altura, está considerado el mayor monumento existente dedicado a un escritor. Acabado en 1845, se empezó a construir en 1840, tan solo ocho años después de la muerte del escritor.

Aunque ahora permanezca en un relativo segundo plano, Walter Scott fue probablemente el primer escritor de best sellers, con miles de lectores en Europa, Australia y América del Norte. Considerado el padre de la novela histórica, fue venerado en vida e influyó en numerosos escritores que no tuvieron problemas en así reconocérselo. Víctor Hugo, Balzac, Alejandro Dumas, Dostoyevsky o Tolstoi se consideraron deudores de su estilo y su obra. Fue él quien se refirió a Edimburgo como “la lejana emperatriz del norte” y yo, humildemente, simplemente le tengo que agradecer los buenos ratos que me ofreció de niño la lectura de Ivanhoe, Rob Roy, El Pirata, El Talismán, Quintin Durward y alguno más, en la edición ilustrada de Joyas Literarias Juveniles de la editorial Bruguera.

Siguiendo por Princes Street llegamos a la Scottish National Gallery, de entrada libre para quien quiera disfrutar de sus colecciones de pintura. Y aquí un inciso, frente a su explanada es donde tiene lugar la escena final de Sunshine on Leith, una película renombrada en España como Amanece en Edimburgo, y que si todavía no has visto y te planteas viajar a la capital escocesa, deja de leer y corre rápido a buscarla. No solamente te hará entrar más ganas, sino que además te dejará de buen humor y te dará un buen arsenal de canciones de los Proclaimers para tararear durante tu estancia en la ciudad.


Caminando por los jardines, al final de los mismos se encuentra la iglesia de St Cuthbert donde Agatha Christie contrajo su segundo matrimonio, las encantadoras ancianitas que te reciben y saludan a la entrada, realmente te proyectan la imagen de la escritora. La iglesia tiene un agradable cementerio donde pasear tranquilamente y donde además está enterrado George Kemp que disfruta así de la proximidad de su obra.

De vuelta a Princes Street tomamos South Charlotte St que corre perpendicular a la misma. En un momento nos plantamos en Charlotte Square la plaza que delimitaba la New Town en el diseño original de Craig. Aquí, y en la vecina Moray Place a la que llegamos caminando por North Charlotte St, se pueden observar las edificaciones originales de la New Town tal y como fueron concebidas y construidas en su momento.
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Atravesando la plaza tomamos Doune Terrace y más tarde a la izquierda giramos por Gloucester St para llegar a Stockbridge, un encantador barrio lleno de tiendas peculiares. Ya visitaremos el barrio en otra ocasión, nosotros preferimos girar a la izquierda por Saunders St para adentrarnos en los jardines que acompañan el recorrido del Water of Leith para llegarnos a Dean Village. Una antigua aldea que conserva todo su primitivo encanto y que nos remite a un mundo rural, un remanso de paz que poco tiene que ver con la ciudad moderna.

En Dean Village continuamos por el Water of Leith Walkway, hasta llegar a la Scottish National Gallery of Modern Art. El Water of Leith Walkway es un sendero público de unos 20 Kilometros que bordea el riachuelo y ofrece un paseo muy agradable por un Edimburgo mucho menos urbano. El camino conecta muchos lugares de interés, parte de Balerno y acaba en Leith y en su recorrido se puede acceder, además de a la Scottish National Gallery of Modern Art, al estadio de Murrayfield y al Jardín Botánico.

No tenemos tiempo de visitar la Galería, pero disfrutamos de los jardines. Estamos cansados y todavía falta mucho para aprovechar el día así que, en Belford Rd, tomamos el autobús número 13 que en pocos minutos nos deja en Princes Street.

Es hora de comer y nos acercamos a Rose St que es la primera calle paralela a Princes Street para tomar algo en Rose Street Brewery, comida de pub honesta y sencilla, con una buena pinta de Tennent’s.

Después de una tranquila sobremesa, es hora de callejear tranquilamente por la New Town, pasear por George St. acercarnos a la estatua del rey Jorge IV que da nombre a la calle y desde la que se tiene una vista excelente del Forth, el fiordo sobre el que se edifica Edimburgo, llegarnos a St Andrew Square que durante el festival aloja numerosas carpas donde se dan representaciones o se puede tomar una copa, y volver a la Old Town a través de Cockburn St visitando sus tiendas con encanto y, ya en la Royal Mile, pasear por South Bridge y Cowgate.

En un Tesco compramos algo para cenar en casa y nos retiramos, que mañana nos espera Leith.

martes, 25 de abril de 2017

Sunshine on Leith

"Demasiados poetas y escritores borrachos -le replicó Hogan-. Cuanto más rehabilitan Leith, más gente viene aquí en busca de la parte sórdida." Resurreccion. Ian Rankin.

En 1882 el Diccionario geográfico de Escocia hablaba de Leith como de la sexta ciudad más grande de Escocia. Hoy, hablar de Leith es hablar de orgullo de comunidad, un barrio multicultural a quien le encanta marcar las diferencias con la vecina Edimburgo que la absorbió en 1920.

Desde la Edad Media, Leith era el puerto de Edimburgo y los comerciantes de Edimburgo gozaban de ciertos privilegios que se les negaba a los leithers. Así, todas las mercancías que entraban por el puerto de Leith tenían que ser llevadas a la ciudad amurallada de Edimburgo para su venta en detrimento de los comerciantes de Leith y de la población en general que veía como la ciudad vecina se beneficiaba de los impuestos y tasas de aduanas que, en justicia, creían merecer ellos. De hechos como éste nació una rivalidad que ha permanecido hasta hoy. Si en los conflictos dinásticos, políticos o sociales, una de las dos ciudades tomaba un partido, era normal que la otra tomara el partido contrario. 


La historia de Leith es una historia de perseverancia, no en vano “Persevere” el lema de la ciudad convertida en barrio. Los muelles entraron en decadencia después de la Segunda Guerra Mundial, y con ellos toda la zona, lo que llevó a Leith a convertirse en el epicentro de la droga y delincuencia de Edimburgo. Pero a finales de los ochenta comenzó un proceso de regeneración que continua hoy en día y que ha modificado radicalmente el barrio convirtiéndolo en la zona más cool de la capital escocesa.


Nos acercamos a Leith en un tranquilo paseo que empieza en Leith St, la calle que nace en Princes Street un poco más allá del Hotel Balmoral, pasamos por delante de la estatua de Sherlock Holmes no en vano Arthur Conan Doyle nació en Edimburgo y se inspiró en la figura del que fue su profesor y más tarde cuñado, Joseph Bell, para crear la figura del universal detective, y una vez que la calle toma el nombre de Leith Walk, llegamos a Pilrig St, la histórica frontera entre los dos municipios.


Aquí, en Pilrig, era donde a principios del siglo XX y cuando todavía eran dos municipios separados, los que hacían el trayecto en tranvía debían bajarse y cambiar de vehículo ya que los tranvías de Leith eran eléctricos -fue la segunda ciudad del Reino Unido en tenerlos-, mientras que en Edimburgo todavía funcionaban tirados por caballos.


postitNosotros continuamos caminando y llegamos al cruce con Great Junction Street donde nos espera la estatua de la reina Victoria que da la bienvenida a los visitantes de Leith y que, como no puede ser de otra manera, está coronada por un esplendido cono de tráfico. La tradición de poner un cono de tráfico en la cabeza de algunas estatuas de personas relevantes nació en Glasgow en la década de los ochenta y es una tradición que se ha extendido primero por toda Escocia y después por el resto de Gran Bretaña. Lo que en principio fue una gamberrada, ahora es visto como el testimonio de un sentido autocrítico del humor y una saludable falta de respeto a la autoridad en la que se sienten reflejados muchos escoceses.


Tras saludar a la reina Victoria, giramos a la izquierda para continuar caminando por Great Junction Street. Vamos a la búsqueda del Leith History Mural, elegido uno de los 10 mejores murales del Reino Unido por el periódico The Guardian. 

postitEl mural fue realizado entre octubre y diciembre de 1986 por Tim Chalk, Paul Grime y David Wilkinson. En palabras de Chalk: “Leith que había sido un lugar muy próspero, en 1986 estaba en un estado muy deprimido. Casi todas las industrias tradicionales marchaban. Y los leithers originales temían que el proceso de regeneración aburguesara el barrio y tuvieran que marchar. Por eso el mural celebra la historia marítima e industrial de Leith e inmortaliza la cultura de la clase trabajadora”.

A pocos metros del mural se encuentra un curioso edificio religioso, la Iglesia escandinava, construida en 1869 está inspirada en una iglesia de Copenhague. Se trata de una iglesia noruega que tenía como misión servir de oratorio a los marineros escandinavos. Hoy, el edificio aloja la Escuela de Arte Leith. 


Seguimos caminando por Junction Street hasta llegar a Ocean Drive, un gran centro comercial que no tendría mayor interés si no fuera por el hecho que junto a él está atracado el yate real Britannia que durante más de 40 años paseó a la Reina y la Familia Real por el mundo. Hoy es una atracción que se puede visitar.


postitUna vez llegados al mar, seguimos caminando por Ocean Drive hasta tropezarnos con el puente deslizante Victoria. Un pequeño puente metálico que poco hace sospechar que cuando fue construido en 1874 fuera el mayor puente deslizante del Reino Unido, alojando dos vías de ferrocarril, una carretera y calzada para peatones a ambos lados. Se movía para dejar pasar a las embarcaciones. Funcionó por última vez en 1964 y hoy es únicamente para uso peatonal.


Pasado el puente, nos encontramos ya en Shore, o lo que es lo mismo, el canal que forma la desembocadura del Water of Leith. Esta zona que solía ser el corazón de la industria naval hoy es una zona de ocio poblada de bares y restaurantes de moda aunque no por ello renuncia a reivindicar su pasado.


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En nuestro paseo por el Shore lo primero que nos encontramos es con un arpón que recuerda lo importante que fue para Leith la industria de la caza de ballenas. Desde 1616 hasta 1842, balleneros de Leith navegaban en las aguas del Ártico, principalmente en torno a Groenlandia.
En 1908 una de las principales compañías locales, la Christian Salvesen & Son, envió una flota ballenera de Leith a la Antártida donde establecieron una estación ballenera llamada 'Puerto Leith', en Georgia del Sur. En 1911, la flota ballenera de Leith era la más grande del mundo. Hasta que la caza de ballena cesó en 1963, fue una valiosa fuente de empleo para la gente de Leith.

También podemos ver el hogar del marinero, actualmente el Hotel Malmaison, pero que desde 1885 hasta que cerró en la década de los noventa del siglo pasado, alojó a numerosos marineros víctimas de naufragios u otros pesares de la vida en la mar. La Torre de Señales es unos de los edificios más llamativos del paseo, además de ser uno de los más antiguos de Leith, durante mucho tiempo sirvió para, mediante banderas de señales, informar a los barcos que se aproximaban de la profundidad de las aguas del puerto en cada momento.

El Memorial de la Marina Mercante de Escocia es una columna naval que rinde homenaje a los marinos fallecidos en las diferentes guerras. El monumento se llena de flores cada 3 de septiembre Día de la Marina Mercante, fecha que conmemora el hundimiento por un submarino del mercante Athenia, el 3 de septiembre de 1939, primer día de la Segunda Guerra Mundial.


postitDejamos el Shore girando a la izquierda por Bernard St en lo que una vez fue la aduana del puerto y hoy aloja a un pub que, cómo no, se llama "The King Wark". Más adelante encontramos el edificio de lo que una vez fue el Banco de Leith, y que, fundado en 1792, llegó a emitir sus propios billetes de banco. Unos metros más allá está la estatua de Robert Burns, justo en la esquina de Constitution St que es la calle que tomamos girando a la derecha.


En la esquina de Queen Charlotte St encontramos lo que una vez fue el Ayuntamiento de Leith, también el tribunal de justicia y las celdas para los presos que iban a ser juzgados. La Sala del Consejo Municipal permanece tal y como era el día en que el desapareció el ayuntamiento de Leith siendo propiedad del Ayuntamiento de Edimburgo, aunque ahora todo el edificio lo ocupa la Policía de Escocia.


Siguiendo por Constitution St llegamos de nuevo a nuestro punto de partida, la estatua de la reina Victoria. Pero no podemos despedirnos de Leith sin mencionar a uno de los elementos de los que los leithers se sienten más orgullosos, el Hibernian Football Club o simplemente los Hibs. El club, fundado en 1875 por inmigrantes irlandeses, que este año (2017) ha quedado campeón de Championship (segunda división) ganándose su derecho a jugar en la Premier League de Escocia. El año pasado ganó su tercera Copa de Escocia, después de esperar 114 años, no en vano el lema del club es también “Persevere”. Para despedirnos de Leith, nada mejor que escuchar a los Hibbies entonando el himno oficioso del club el “Sunshine on Leith” después del triunfo de copa.









En Leith Walk tomamos un autobús que nos acerque al centro pues hemos quedado a comer en The Standing Order,  en George Street. Pese a ser relativamente moderno, abrió en 1997, es uno de los pubs más conocidos de Edimburgo. Ocupa lo que una vez fue sede del Union Bank of Scotland y todavía conserva la antigua caja fuerte, siendo este el lugar 
más visitado del pub .

postitDespués de comer, tranquilamente nos acercamos a Princes Street para, caminando en dirección al Balmoral llegar a Waterloo Place. Allá a nuestra derecha está el cementerio de Old Calton.


Seguramente no tiene la nube de misterio que envuelve a Greyfriars pero a nosotros nos parece mucho más hermoso. Asentado en una pequeña colina, las lápidas, algunas inclinadas, algunas caídas del todo, parecen caprichosamente dispuestas. Es un paseo relajante a la búsqueda del numeroso simbolismo macabro tallado bellamente en la piedra.


postitLo primero que llama poderosamente la atención es el gran obelisco que domina todo el cementerio. Construido en 1884, rinde homenaje a los conocidos como Mártires de 1793. Sus nombres: Thomas Muir, Thomas Fyseh-Palmer, William Skirving, Maurice Margarot y Joseph Gerrard, su crimen defender el sufragio universal, el derecho de voto para todos, no sólo para los propietarios de tierras. Fueron detenidos, acusados de sedición y traición, condenados y expulsados a la colonia penal de Nueva Gales del Sur, lo que equivalía a una sentencia de muerte. La mayoría no sobrevivieron al exilio, pero fueron honrados años más tarde por aquellos que continuaron su lucha, los Amigos de la Reforma del Parlamento. El sufragio universal masculino no se instauró en el Reino Unido hasta 1918 y las mujeres no pudieron votar hasta 1928, después de una larga lucha por conseguirlo. 


Curiosamente, Thomas Muir y sus compañeros han permanecido en un relativo olvido en Escocia, mientras que generaciones de escolares norteamericanos pueden recitar de memoria las palabras sobre la democracia que pronunció durante el juicio ya que se las hicieron aprender de memoria en las escuelas.


postitOtra peculiaridad del cementerio es el monumento a los soldados escoceses caídos en la Guerra Civil Americana bajo la bandera de la Unión. Es el único monumento dedicado a la guerra civil americana fuera de las fronteras de EE.UU y lo corona una escultura de Abraham Lincoln a cuyos pies un antiguo esclavo sostiene un libro. Fue erigido en 1893. El monumento se encuentra al lado del mausoleo cilíndrico que alberga al huésped más famoso del cementerio, David Hume.


Siendo Escocia y siendo un cementerio, obviamente alguna historia curiosa debía tener y, por supuesto la tiene. En un principio, el cementerio ocupaba también lo que hoy es Waterloo Place, con motivo de las obras de la plaza, entre 1815 y 1819, un gran número de tumbas fueron recolocadas en la colina. Al hacerlo descubrieron que muchos de los ataúdes tenían marcas de golpes y arañazos y que muchos de los enterrados habían muerto en el interior del ataúd. En aquel tiempo no existían los métodos modernos de certificar la muerte y personas que por alguna razón entraban en estado de catalepsia acababan dentro de un ataúd.


Este descubrimiento motivo la moda de los ataúdes de seguridad provistos de diferentes ingenios tipo campanas anudadas a la mano del presunto difunto y que salían por encima de la tumba para que, si el muerto estaba vivo, pudiera avisar a sus deudores.


Otra moda que hizo fortuna en el Edimburgo del XVIII y principios del XIX fue la de los ladrones de cuerpos. Estos eran muy demandados por los estudiantes de medicina que tenían que pasar el examen de anatomía práctica y necesitaban algún cuerpo para practicar. Por eso, y para evitarlo, se construyeron torres de vigilancia, la que todavía hay en Calton fue construida en 1820.


Decimos adiós al cementerio y salimos de nuevo a la calle para pasar por delante de St Andrew's House, la sede del gobierno escocés, y detenernos un momento en Jacob’s ladder, la escalera al infierno. Estas escaleras fueron el epicentro del mercado de cadáveres al que ya hemos hecho mención. Hoy llevan a la estación de tren, pero a comienzos del siglo XIX por allí se trasladaban cadáveres hasta la universidad. 


La escalera del infierno era el escenario de las correrías de los dos más famosos ladrones de cuerpos, los irlandeses William Burke y William Hare. Empezaron robando cuerpos para el doctor Knox, del Royal College of Surgeons, pero cuando las Torres de Vigilancia dificultaron el trabajo, decidieron fabricar directamente ellos mismos los cuerpos pasando al asesinato. Se estima que asesinaron a 16 personas y cuando la policía estrechó el cerco, Hare delató a Burke a cambio de inmunidad. Burke murió ahorcado el 28 de enero de 1828 ante 25000 personas. La leyenda dice que en el Surgeons' Hall Museum hay un bolso de cirujano hecho de piel de Burke.


Cruzando la calle y volviendo un poco sobre nuestros pasos llegamos a la entrada del suave camino que nos llevará a la cima de Calton Hill. Edimburgo, como toda ciudad que se precie, tiene siete colinas: Arthurs Seat, Corstorphine, Castle, Craiglockhart, Braid, Blackford y por supuesto Calton Hill que, siendo la más pequeña, es la que ofrece las vistas más increíbles.


Desde Calton Hill se pueden divisar las colinas de Fife y la cima del Schiehallion, las Sidlaw Hills más allá del rio Tay y en los días extremadamente claros, el macizo de Lochnagar, pero las vistas que de verdad impresionan son las de la propia Edimburgo.


postitDurante siglos, la cima de Calton Hill era el lugar donde las multitudes se concentraban para beber, cantar y bailar a la luz de los incendios tras una buena noche de disturbios antes de regresar a las viejas casonas de la Old Town. Hoy las multitudes las formamos los centenares de turistas dispuestos a inmortalizar una de las puestas de sol más hermosas que se puedan disfrutar. Al atardecer, el cielo de Edimburgo se viste de increíbles rojos y naranjas que contrastan la silueta de la ciudad. Es un espectáculo único y maravilloso y gratuito.


postitUn pequeño y curioso conjunto de edificaciones define también la personalidad de Calton Hill. En primer lugar, llama poderosamente la atención el Monumento Nacional. En la Atenas del norte, y para conmemorar a los soldados y marineros escoceses muertos en las guerras napoleónicas, se decidió realizar una réplica del Partenón. El trabajo comenzó en 1826 y terminó cuando el dinero se acabó en 1829, dejando la fachada que se ve hoy en día. Nunca se acabó y durante años ha sido conocida por los edimburgueses como la Edinburgh's Disgrace.


postitOtra edificación curiosa es el monumento al Almirante Nelson. Pocas semanas después de su muerte en Trafalgar, los líderes de Edimburgo se reunieron para planear el primer monumento de Gran Bretaña para el héroe caído. Como siempre, aquejados de problemas de financiación, tardaron 11 años en completarlo. Se supone que es una imitación en piedra del telescopio de Nelson aunque Robert Louis Stevenson lo comparó irónicamente con una mantequera. 
También hay un par de observatorios, uno de ellos es el lugar óptimo para fotografiar las puestas de sol sobre la Old Town.

Pero no sería Escocia si la colina no dispusiera de su propia leyenda fantástica. Se dice, que en Calton Hill hay un pasadizo que conduce directamente al país de las hadas, pero solamente las personas clarividentes pueden avistarlo. Nosotros no lo encontramos. Así que, en vez de al país de las hadas nos encaminamos tranquilamente de regreso hacia nuestra casa.

lunes, 24 de abril de 2017

Un Edimburgo menos conocido

"Ratho estaba situada entre tierras de cultivo que bordeaba al norte el canal Union, muy concurrido en verano para dar un paseo en barco, dar de comer a los patos o almorzar en el restaurante de la orilla." Black And Blue. Ian Rankin.

Estamos de regreso a Edimburgo y en esta ocasión nos alojamos en el Star Villa, un Bed & Breakfast situado en el 36 de Gilmore Place, en el barrio de Merchiston. 

Estamos muy próximos al Union Canal y con un paseo por el canal es cómo vamos a empezar el día. Accedemos al canal por Fountainbridge, aunque no está muy bien señalizado, con un poco de paciencia no cuesta mucho de encontrar. 


El Union Canal enlaza las ciudades de Edimburgo y Glasgow. La obra tan solo precisó cuatro años para estar acabada. Iniciada en marzo de 1818, finalizó en mayo de 1822, cuando un barco que transportaba losas de piedra hizo el primer viaje a Edimburgo. Nuestros amigos, los ladrones de cuerpos Burke y Hare, trabajaron de peones en la obra y fue aquí donde se conocieron.


postitDesgraciadamente, el canal se convirtió en una víctima de la historia, llegó demasiado tarde. Sólo 20 años después de su puesta en marcha, la línea de ferrocarril que unía Glasgow y Edimburgo, y que en muchos tramos corría paralela al canal, acaparó la práctica totalidad del tráfico de personas y mercancías, dejando al canal en una larga decadencia que culminó en 1965 con su cierre.


La década de los 90 trae consigo una revalorización del canal, descubierto como recurso recreativo, social y cultural, lo que lleva a su restauración y puesta en servicio dedicado al ocio y el deporte. 


Durante un rato bordeamos el canal junto con otros paseantes y algún ciclista, admirando las barcazas y las modernas construcciones que han ido naciendo a la llamada de la rehabilitación de la zona. Pero ya es hora de encaminarnos al centro y lo hacemos atravesando los Meadows.


Los Meadows es un gran parque de césped que ocupa el lecho seco del que fue el lago Burgh. En verano se llena de vida con su festival y también aloja diversas actividades del propio Festival de Edimburgo.


postitHoy hace un día típico de Edimburgo. Si bien hay ciudades que pueden presumir de experimentar diferentes fenómenos climatológicos en un mismo día, pocas habrá que los vivan simultáneamente. Este es el caso de Edimburgo. Vas caminando bajo un sol de justicia y puedes ver como a tu derecha en la calle vecina está lloviendo, frente a ti corre un fuerte viento y un poco más allá está nublado. A medida que caminas, te vuelves un virtuoso en el arte de ponerte y quitarte la chaqueta. Por lo demás, la idea preconcebida de que siempre llueve en Edimburgo es completamente falsa. No solo la ciudad está por debajo de la media escocesa, sino que acumula menos precipitaciones que otras ciudades poco sospechosas como Roma, Ámsterdam, Lisboa o Estambul.


Disfrutando del tiempo, vamos caminando por el North Meadow Walk viendo al fondo el experimento de la Quartermile, la remodelación de la antigua Royal Infirmary de Edimburgo y su conversión en apartamentos. La extraña mezcla de lo antiguo y lo moderno no resulta del todo desagradable.


Tomamos la Middle Meadow Walk, una calle peatonal que conecta con el centro. La proximidad de la Universidad otorga a toda esta zona un bullicio y animación permanentes. Y especialmente por la noche, durante el festival, cuando la vecina George Square se llena de carpas, puestos de comida y bebida, espectáculos y animación.


Todavía es pronto, pero esta tarde tenemos que aprovecharla al máximo así que vamos a comer y llegados a Forrest Rd qué mejor lugar que el Doctors, el pub que ocupa la esquina con Lauriston Pl. El pub tiene una historia curiosa, situado frente a la facultad de medicina y la antigua escuela de enfermería, fue originariamente una fábrica de ataúdes que daba servicio a sus instituciones vecinas. Hoy podemos disfrutar de una genial hamburguesa, las chips de boniato y una buena Ale de barril.


Justo delante del pub tenemos la parada del autobús 27 que nos va a acercar al Jardín Botánico. El billete de autobús en Edimburgo cuesta 1,60 libras, se depositan en una caja al lado del conductor y es muy importante llevar el importe exacto porque no devuelve cambio. Todos los autobuses disponen de wifi gratuito.


postitEl Royal Botanic Garden Edinburgh o como lo conocen los edimburgueses, el Botanics, es un magnífico lugar para pasear tranquilamente en medio de la naturaleza. Fundado en 1670 como un jardín de plantas medicinales, es, después del de Oxford, el jardín botánico más antiguo de Gran Bretaña. 


El Botánico tiene una colección de más de 13.302 especies de plantas y casi 273.000 plantas individuales y posee la mayor variedad de plantas chinas de origen silvestre fuera de China. Siempre he tenido una debilidad por los invernaderos victorianos y los de Edimburgo no decepcionan.


El jardín de rocas de 165 metros de largo es también un lugar extraño que merece la pena recorrer. Ciertamente uno podría pasar toda la tarde en medio de tanta belleza, pero hemos de regresar al centro porque en St Andrew Square nos espera un maravilloso regalo de nuestra hija.


postitCon motivo del festival, cada año durante el mes de agosto se representa en una de las carpas de la plaza la comedia musical “Sunshine on Leith”, sobre la que está basada la película que ya hemos mencionado. Tenemos nuestras entradas en la mano y estamos dispuestos a pasar un buen rato.


Todo y el ambiente festivo, los escoceses se nos muestran mucho más modositos de lo que esperábamos, prácticamente somos los únicos que entonamos las canciones, tendrá que pasar un buen rato hasta que habiendo corrido abundantemente la cerveza, se animen a cantar un poco más. El final, como no podía ser de otra manera, es apoteósico, y nos hace retirarnos a dormir con un excelente sabor de boca.

domingo, 23 de abril de 2017

North Berwick, los paisajes de Robert Louis Stevenson

"El destino preferido de Eliane era North Berwick. Le gustaba mirar por uno de los telescopios del Acuario o pasear por la playa." Asuntos internos. Ian Rankin.

A estas alturas y después de recorrer intensamente la ciudad, no puede extrañar que los habitantes de Edimburgo se consideren los más felices y afortunados del Reino Unido, pero muy cerca tienen  quienes los superan, los que tienen el privilegio de vivir en los pueblecitos del Firth of Forth. Durante unos días vamos a recorrer algunos de ellos, lo haremos en excursiones de una jornada, hechas con transporte público y con salida y llegada en la propia Edimburgo.

Con una longitud de 88 km, el Firth of Forth es el estuario más importante de la costa este de Escocia. A lo largo de su recorrido se citan numerosos lugares de interés, desde preciosos pueblecitos costeros a inquietantes islas abandonadas. Ocasión tendremos de recorrer alguno de ellos.

postitHoy nos encaminamos a North Berwick, a unos 40 kilómetros de Edimburgo, para seguir un poco el rastro de Robert Louis Stevenson, admirar la isla de Fidra y navegar alrededor de las islas de Craigleith y  Bass Rock para ver el increíble espectáculo de las miles de aves marinas que hacen de dichas islas su hogar, junto con las focas de las que en el Forth hay cerca de 3000.

Iniciamos nuestro viaje en la estación de Waverley, donde por 6,90 libras ida y vuelta, ScotRail nos acercará en apenas media hora a nuestro destino. Mientras esperamos nuestro tren tenemos tiempo de admirar la estación.

Es la única estación de ferrocarril en el mundo que lleva  el nombre de una novela, Waverley, de Walter Scott, considerada como la primera novela histórica del mundo. La estación que vemos hoy se inició en 1868, pero anteriormente el sitio lo ocupaban tres estaciones distintas de tres compañías ferroviarias rivales. Hoy, ocupa diez hectáreas y es la segunda más grande del Reino Unido después de Waterloo, en Londres.

El tren es cómodo y el viaje se hace rápido. La estación de North Berwick, como es habitual en Escocia, no está en el centro de la localidad, está en un extremo, así la vía férrea no divide las localidades a su paso. Hace falta caminar un poco en dirección al mar.
postit Llegados al puerto localizamos rápidamente el Sula II, nos dicen que el próximo viaje saldrá a la una de la tarde y que media hora antes podemos venir a comprar los billetes. Tenemos tiempo de sobra para descubrir el pueblo e incluso comer antes de salir a navegar.

Es bajamar y la playa ofrece un paseo impresionante. Caminando por la arena uno no puede sustraerse a la emoción de compartir el paisaje que tanto influyó en Robert Louis Stevenson, el autor que, junto con Verne, más ha influido en generaciones y generaciones de jóvenes lectores.

De niño, la familia de  Stevenson veraneaba en North Berwick. Corría y jugaba por las mismas arenas que estamos pisando ahora. Y cuando levantaba la vista y miraba al mar, a su izquierda veía la isla de Fidra. Esa isla que recorrió intensamente de arriba abajo mientras su padre Thomas y su  primo, David, supervisaban  la construcción del faro, es la que daría forma al mapa de la Isla del Tesoro, su primer y genial libro.

Stevenson provenía de una familia de ingenieros y constructores de faros y lo que se esperaba de él era que siguiera la tradición familiar, por eso su padre lo llevaba a los viajes de inspección de obras, pero él prefería escuchar las historias de los pescadores antes que las técnicas explicaciones de ingeniería. Lo que perdió su padre, lo ganó la literatura.

postit No es Fidra únicamente la isla que aparece en la obra de Stenvenson, ese "holgazán instruido, vagabundo (...) siempre presto a ofender por sistema a todas las clases, una por una" como lo definió, en 1878, The Scotsman, también hizo penar  en la prisión de Bass Rock al personaje de David Balfour en Catriona

No es de extrañar que este lugar lo marcara, la presencia de las islas define un paisaje irreal, casi mágico. Vamos caminando por las arenas de la West Bay y nos acercamos al Scottish Seabird Centre, la entidad que se dedica tanto al cuidado y difusión de la riqueza de la vida salvaje que protagonizan las aves marinas que han hecho de algunas de las islas del Firth of Forth su santuario. Luego tendremos tiempo de visitarlo con calma, ahora preferimos seguir paseando por las arenas de Milsey Bay.
postit Al cabo de un rato nos adentramos en el pueblo, hay que buscar algún sitio para comer y paseando por High St. nos decidimos por el Golfers. No abusamos de la comida, teniendo que embarcar es preferible ir algo ligero, se va haciendo la hora de regresar al puerto y lo hacemos de nuevo por la arena de la West Bay admirando la singularidad de las casas que rodean la playa y las curiosas escaleras que les hacen llegar directamente hasta la arena. Como en muchos otros lugares de Escocia, les gusta decorar el alfeizar de las ventanas con recuerdos de lugares que han visitado, tanto para recordarlos ellos como para hacérselo saber a los vecinos, así que no hay que extrañarse de encontrar alguna flamenca y algún que otro toro.
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Llegamos al puerto, la marea ya ha subido y podemos embarcar en el Sula II, una lancha construida en 1972 y que tiene la consideración de embarcación histórica. El patrón, que responde a todos los tópicos acerca del viejo lobo de mar, con su poblada barba, la gorra marinera y la pipa, nos da la bienvenida a bordo y salimos a mar abierto. Nos dirigimos a Craigleith, la más cercana de las cuatro islas frente a North Berwik, las otras son Bass Rock, Fidra y The Lamb.

Craigleith, que una vez fue un criadero de conejos, es ahora el hogar del Proyecto SOS frailecillo del Scottish Seabird Centre. Desgraciadamente para nosotros no es época de frailecillos, pero al costear pausadamente la isla vemos colonias de diferentes especies de aves marinas, como gaviotas tridáctilas y cormoranes.

postitDejamos atrás Craigleith y enfilamos hacia Bass rock, nada te tiene preparado para lo que te espera, a medida que vas llegando se hacen presentes los miles y miles de alcatraces que sobrevuelan y ocupan la isla sin dejar apenas un centímetro libre. Hay más de 150.000 que con sus excrementos han pintado de blanco la isla.

Es increíble verlos sobrevolar y ocupar hasta el último centímetro libre de la superficie de la isla. Viéndola así, se hace difícil imaginar que alguna vez estuvo habitada, pero lo cierto es que, aprovechando un antiguo castillo que había permanecido allí durante siglos, ha servido de prisión en numerosas ocasiones, albergando principalmente presos por razones políticas.
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El regreso lo hacemos en dirección a las ruinas del castillo de Tantallon, desde el barco es imposible avistar a su único y famoso habitante, el fantasma que se aparece en las fotografías, es mucho más sencillo ver las diferentes colonias de focas que pueblan las rocas próximas a la costa. De regreso ya al puerto disfrutamos de una panorámica magnífica de las preciosas casas que se alinean junto a la playa.


A pesar de ir bien abrigados, la fuerte brisa en la cubierta “descubierta” del Sula II ha hecho de las suyas y ya en tierra nos acercamos al Scottish Seabird Centre para tomar algo caliente en su cafetería. Aprovechamos también para comprar algún recuerdo y nos encaminamos ya hacia la estación para regresar a Edimburgo. Lo hacemos paseando por los lindes del campo de golf, muy concurrido a esta hora de la tarde.  North Berwick ha resultado una magnífica experiencia.

sábado, 22 de abril de 2017

Navegando por el Forth camino de Inchcolm

"Al bajarse del coche, comenzó a ver una de las atracciones de la casa. Las vistas. Los espectaculares puentes de Forth no demasiado lejos; el resplandeciente y tranquilo estuario, y el sol brillando en el verde y plácido Fife, al otro lado del agua." Jack Al Desnudo. Ian Rankin.

Hoy vamos a visitar otra de las islas del Firth of Forth, la de Inchcolm, recorreremos los restos de su abadía, las ruinas de las viejas fortificaciones militares, navegaremos entre numerosas colonias de focas y disfrutaremos con la excelencia de uno de los iconos de Escocia, el Forth Rail Bridge.

Partimos de la estación de Waverley y apenas quince minutos más tarde estamos ya en la estación de Dalmeny. Nos dirigimos hacia el puerto de South Queensferry, el camino está perfectamente señalizado pero es largo y un tanto peculiar, un sendero que transcurre por el bosque y que acaba dejándote prácticamente a los pies del Forth Rail Bridge, a pocos metros del muelle.

Es una presencia imponente y a medida que te acercas te admira más y más. A pesar de sus 125 años resulta de una modernidad inquietante. Considerado como un icono de Escocia, en realidad fue diseñado por dos ingenieros ingleses, John Fowler y Benjamin Baker, y la construcción duró ocho años, con un coste de 3,2 millones de libras de la época.

postitCuando un escocés quiere decir que algo no se acaba nunca usa la expresión "es como pintar el puente de Forth", pues es tan impresionante la construcción que cuando se acababa de pintar en un extremo hacía falta empezar ya en el extremo contrario.

Es un paisaje que parece salido de un relato Steampunk, pero es muy real , y cuando piensas en la técnica existente en  1883, cuando se empezó a construir, te das cuenta de las enormes dificultades que tuvieron que soportar aquellos hombres que lo hicieron posible.

En el momento de mayor actividad, 4.600 hombres y niños trabajaron en el puente a razón de un niño por cada equipo de tres remachadores. En su construcción dejaron la vida 73 personas.

No era una vida fácil, la mayoría de los trabajadores vivían en Leith y cada día a las 4 de la madrugada tomaban el tren especial que los conducía a pie de obra. Por supuesto, el precio del billete se lo deducían del salario. La mayoría se dedicaban a colocar los remaches, de los que  el puente tiene seis millones y medio. El niño del equipo calentaba los remaches hasta que estaban al rojo vivo, con pinzas lo colocaba en el agujero y lo sostenía mientras los otros dos miembros del equipo lo golpeaban con pesadas mazas para encajarlo. Cobraban por cada remache colocado.

Hoy el puente es un punto clave de la red ferroviaria escocesa y cada día circulan por él 200 trenes.  Alfred Hitchcock lo convirtió en un protagonista clave de su película “Los 39 escalones”.






Aunque es la forma más famosa de cruzar el Forth, no es la única, además del Forth Road Bridge, el puente colgante que desde 1965 canaliza el tráfico de coches, siempre que el viento lo permite y no se cierra, y el Queensferry Crossing  que, cuando escribimos esto, todavía está en construcción, durante cerca de veinte años funcionó el hoy prácticamente desconocido túnel que, 500 metros bajo el mar, unió las minas de carbón de Kinneil y Valleyfield en orillas contrarias del Forth.

Si el puente es una maravilla de la ingeniería victoriana, el túnel no lo es menos de la ingeniería moderna. En 1964, en una época en la que no existía la geoposición ni los modernos sistemas de medición, los obreros que conectaron ambos extremos del túnel lo hicieron con una desviación de tan solo cinco centímetros. 

El túnel, que cerró en 1982, fue una víctima más del desmantelamiento de la industria del carbón que emprendió el gobierno de Margaret Thatcher y que condujo a la famosa huelga de los mineros británicos. Las consecuencias de aquella medida, que provocó la extinción de pueblos enteros de Escocia, todavía están presentes. Desde entonces, el Partido Conservador ha sido residual en la política escocesa, pasando de los 21 diputados que tenía en 1983 a 10 en 1987, ninguno en las elecciones de 1997 y un solo diputado en todos las elecciones desde el 2001 al 2015.

Hoy no queda ningún rastro del túnel, las minas fueron demolidas y los pozos sellados con hormigón, el túnel se supone que está intacto en las secciones de roca, pero completamente inundado. Tan solo queda alguna vieja fotografía y alguna marca en mapas de la época.

Nos acercamos al muelle y comprobamos que todavía es pronto para embarcar, así que nos aproximamos al The rail bridge café y aprovechamos para tomar algo caliente. Hacemos tiempo y regresamos al embarcadero, allá ya nos espera la Forth Belle, la embarcación que por 20 libras nos va a llevar a Inchcolm. En el precio están incluidas las 6 libras que cobra la Historic Scotland, la entidad que cuida de la isla, para desembarcar en ella.

El patrón nos informa que la marea no permite desembarcar todavía en la isla así que primero hará un tour por el Forth y después de desembarcar a los pasajeros, hará la visita a la isla. Nos dice que si no queremos esperar en el muelle, subamos a bordo y hagamos los dos trayectos sin mayor coste. Obviamente nos apuntamos.

postitNada más salir, cruzamos por debajo del Forth Rail Bridge y avistamos la isla de Inchgarvie que está situada bajo el puente y en parte sirve para cimentarlo. En tiempos sirvió de prisión y, en lo que es una historia mucho más triste, durante los siglos XVI y XVII fue el lugar donde se desterraba a los enfermos de peste, para allí morir por la propia enfermedad, la falta de cuidados o simplemente por inanición. Aunque deshabitada, la isla está completamente fortificada desde la época napoleónica, cuando se instalaron baterías de cañones para prevenir una invasión francesa. Más tarde realizó la misma función durante las dos guerras mundiales. Abandonadas las fortificaciones, hoy parece el esqueleto de una antigua estrella de la muerte en el extremo de la cual sobresale un faro de curioso diseño construido en 1886 -4 años antes de que se acabaran las obras del puente- por David Alan Stevenson y que actualmente todavía funciona.

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Navegando por el Forth en dirección al Mar del Norte, empezamos a ver numerosos grupos de focas que han hecho de las boyas de navegación su particular solárium, están tranquilamente tumbadas y apenas se extrañan de nuestra presencia.

Avistamos Inchcolm, pero no podemos desembarcar, lo haremos en el siguiente trayecto, y de regreso navegamos próximos a la isla de Inchmickery que se alza imponente completamente fortificada como un pétreo barco de guerra. Abandonada tras la segunda guerra mundial es ahora un santuario de aves marinas protegido por la Royal Society for the Protection of Birds.

postitPasamos también cerca del Faro de Oxcars que, construido como no podía ser de otra manera por la familia Stevenson, en 1886, sobre una pequeña roca, emerge sobre el mar como un extraño periscopio cuando la marea alta cubre completamente la roca sobre la que se asienta. 

De regreso al embarcadero y habiendo desembarcado unos y subido otros, partimos por fin hacia Inchcolm. 

La isla, de cerca de de 90.000 metros cuadrados, poco tiene que ver con las inhóspitas y deshabitadas islas del Forth. Llama poderosamente la atención el verdor  intenso que corona toda su superficie y la extraña atracción que se siente nada más poner el pie en ella.

Disponemos de hora y media y hay que aprovechar el tiempo. A paso vivo nos dirigimos a los restos de la Abadía que, por su buen estado de conservación, proporciona una buena idea de lo que fue su magnificencia. La viejas piedras constituyen un magnifico escenario, por eso no es de extrañar que en alguna ocasión se haya representado Macbeth entre estas paredes.

Precisamente, en la escena segunda del  acto primero, Shakespeare menciona la isla cuando el Barón de Ross informa al Rey Duncan del resultado de la batalla de Kinghorn, entre  noruegos y escoceses, y del acuerdo al que llegaron con el rey noruego para que enterrara a sus muertos en la isla de Inchcolm: 

“Y ahora Sweno, el rey de Noruega, suplica la paz. Mas no accedimos al entierro de sus hombres hasta que en Inchcolm nos pagó diex mil táleros a todos nosotros”.Macbeth Traducción y edición de Àngel-Luis Pujante. Austral 2012.

Desde la abadía nos encaminamos a la parte más alta de la isla a la que accedemos por el antiguo túnel de ladrillo excavado por los ingenieros militares en 1916. Aquí, los restos de las fortificaciones militares se hacen evidentes pero lo mejor por supuesto es la vista. Lástima de la gigantesca plataforma petrolífera que, en dirección a la salida del estuario, se enseñorea del paisaje.

postitDespués de disfrutar de las magníficas vistas del Forth, vamos de regreso al muelle pasando de nuevo por la Abadía. Viéndola en ruinas se hace difícil pensar en la protección divina que la creencia general otorgaba a la isla. Cuenta la leyenda que en 1355 piratas ingleses saquearon la isla llevándose también una imagen muy venerada de San Columba, sin embargo cuando los ingleses regresaban a casa, una tormenta casi destruyó el barco y, atemorizados, regresaron para devolver la imagen a los monjes y poder así partir lejos de la ira de Dios. 

Antes de llegar al embarcadero paramos en la tienda de recuerdos que Historic Scotland mantiene en la isla. Desde aquí se pueden ver los restos de cuando la isla era punto clave de la conexión entre Lothian y Fife por medio de transbordadores. Nosotros subimos de nuevo al Forth Belle para regresar a South Queensferry. Antes de desembarcar tenemos ocasión de maravillarnos de nuevo con los centenares de focas que saludamos al paso.

Ahora desandamos el camino inicial y desde la estación de Dalmeny regresamos a Edimburgo. No podemos negarlo, ha resultado un día estupendo.