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domingo, 24 de agosto de 2014

Con los Pandas nos despedimos de Sichuan e iniciamos el camino de Yunnan

"Pensad en un Oso Panda. Su aspecto de peluche, su tierna mirada, el color de su pelo. ¿No es demasiada casualidad que la naturaleza haya parido un bicho tan perfecto? Las dos orejas de color negro, igual que las manchas que rodean sus ojos y el resto de la cara blanco algodón. ¡Ni el puñetero Walt Disney lo habría dibujado mejor! Es perfecto, tanto que cuesta creer que sea de verdad." Pedro Armangué. Dándole la Vuelta al Mundo.

¿Existe algún animal que nos despierte más ternura que un oso panda? Probablemente no. Su aspecto de peluche y su aparente mansedumbre ejercen una extraña fascinación. Por eso hoy estamos felices y excitados ante la visita al Centro de Conservación de Osos Panda Gigantes de Chengdu.

Como esta tarde tenemos que coger el avión a Kunming, queríamos asegurar una hora concreta de regreso a la ciudad por eso, por 120 Y con entradas incluidas, contratamos la visita de medio día que ofrecía el Flip-Flap Hostel y que nos garantiza estar de vuelta en Chengdu antes de las 12:00 horas. Aquí está toda la información.
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Es domingo, es temprano, y vamos camino de la plaza Dongsheng por unas calles prácticamente vacías. La ciudad, de normal tan activa y ruidosa, tiene un despertar lento en el día de fiesta. Tenemos que estar en el hostel a las 7:30 horas y hemos llegado un poco temprano así que hacemos tiempo sentados en un banco de la plaza.

Aquí la actividad se ha vuelto frenética: un niño juega incansable con un globo, una pareja de ancianos lo hace al ping-pong, otro realiza ejercicio practicando con una peonza gigante, los hay que dan vueltas a la plaza a paso vivo y los que practican en aparatos gimnásticos o de juego que hay diseminados por toda la plaza. Siento una sana envidia de la vitalidad de los ancianos en China, no es la primera vez que vemos el espectáculo pero siempre consigue sorprendernos y maravillarnos.

Junto con otras diez o doce personas embarcamos en tres minivans que, en poco más de 45 minutos nos dejan ante la puerta del Centro. Es temprano y no hay todavía demasiada gente, empezamos a caminar flanqueados por densos bosques de bambú, hasta una casona donde, tras unos vidrios, vemos a los pandas ya un tanto impacientes por ir a comer.
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Salimos de nuevo al aire libre al tiempo que la familia de pandas se abalanza sobre los brotes de bambú. Es absoluta lujuria mezclada con glotonería, los osos se sitúan frente a nosotros componiendo divertidas estampas al tiempo que se dedican a observarnos de la misma manera que nosotros a ellos.

A partir de aquí, el recorrido por el recinto es una sucesión de diferentes y divertidas estampas con los pandas. Empezamos por la incubadora donde están plácidamente durmiendo unos recién nacidos, continuamos por los recintos cercados donde algunos duermen plácidamente sobre los árboles. El juego de una madre con su hijo nos retiene un buen rato, lo hace subir una pequeña ladera y cuando llega arriba lo empuja rodando ladera abajo para que vuelva a subir. Y ay que no lo haga, el pequeño panda exige su empujón como si en ello le fuera la vida. Unos adolescentes juegan sobre una construcción uno arriba quiere impedir que otro suba y al final acaban cayendo los dos y, por supuesto, vuelta a empezar.

Empezamos a ver algunos pandas rojos durmiendo por los árboles y encontramos alguno que tranquilamente camina en libertad a nuestro lado. Parecen más pequeños zorros que osos pero son tranquilos y pacíficos.

Nos despedimos con una visita rápida al museo y al salir nos damos cuenta de lo acertado de nuestra decisión, centenares de personas esperan para poder entrar en medio de un tráfico infernal. Gracias a la pericia de nuestro conductor, llegamos a la hora acordada a la ciudad y tras recoger las maletas nos dirigimos al aeropuerto para emprender camino a Kunming, el inicio de nuestro recorrido por Yunnan.

Comemos magníficamente en uno de los numerosos restaurantes del aeropuerto y, como prácticamente siempre, nuestro vuelo sale puntualmente, pocos minutos después de las tres y media, y a las cinco nos deja en Kunming, la capital de Yunnan.
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Aunque ahora no lo parezca, durante algunos años, Kunming fue la ciudad más norteamericana de China. Entre 1942 y 1945 funcionó un puente aéreo desde el norte de la India que, atravesando el Himalaya, llegaba hasta Kunming, la zona de aterrizaje más cercana en China. Se le conoció como The Hump (la joroba) y en palabras de Max Hasting, autor de Némesis la derrota del Japón “era una de las misiones menos populares y más peligrosas de la guerra: comportó la pérdida, en total, de cuatrocientos cincuenta aparatos”. Organizado por el general William H.Tunner, fue hasta el de Berlín, -que también organizó el general Tunner , el mayor puente aéreo estratégico del mundo.

No vemos nada de la antigua influencia americana y probablemente sea la ciudad más china de todas las que hasta ahora hayamos conocido. Nuestro hotel, el Grand Park Kunming, nos reafirma en esa idea, lleva hasta el límite la superstición del número 4 –para los chinos el de mala suerte-, no es que no haya piso número 4, sino nada que lo contenga, ni piso 14 ni habitaciones terminadas en 4 ni nada.

Después de descansar un poco bajamos a recepción para intentar ligar la visita del día siguiente a Shilín. Ningún problema, el botones, tiene un amigo que conoce a un vecino, que tiene un cuñado… que por un precio pactado nos puede llevar. Acordamos un día entero que vamos a dedicar al bosque de piedra de Shilin y a las grutas de Jiuxiang y salimos a pasear por el lago y las calles alrededor del hotel, en lo que es un agradable final de día.

sábado, 23 de agosto de 2014

Por el Bosque de Piedra de Shilin y las grutas de Jiuxiang

"Es un lugar difícil de imaginar, y lo que más me lo recuerda son esos laberintos de fichas de dominó que hacen los ociosos para luego descarrilarlas todas en un solo movimiento. Es el Bosque Petrificado de Yunnan. Las lajas de piedra negra son muchísimas, una detrás de la otra, esquinándose, como tropezándose, junto a centenares erguidas. Es como si hubieras sido sembradas." Pablo Soler Frost. El misterio de los tigres.

Hoy nos espera el Bosque de Piedra de Shilin. Mientras preparábamos el viaje y recopilábamos información, recogimos numerosas opiniones contradictorias. Los hay que opinan que es una soberana “turistada”, que no merece la pena, y los hay que opinan que es una auténtica maravilla de la naturaleza. Decidimos comprobarlo por nosotros mismos y, sinceramente, no nos arrepentimos de la visita.

El Bosque de Piedra dista 86 kilómetros de Kunming, y tras desayunar temprano, nuestro amigo el botones y su colega, el que será nuestro chófer este día, nos están esperando en la recepción.

Óbviamente, nuestro conductor solamente habla chino, pero como siempre, con buena predisposición, no resulta difícil entenderse. Primero de todo intercambiamos nuestros números de teléfono, algo siempre útil y recomendable, y rápidamente nos ponemos en marcha.
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Cuesta salir de la ciudad, el tráfico es denso pero poco a poco conseguimos tomar la carretera que nos lleva hasta Shilin. El día está nublado, a ratos llueve, pero el Bosque de Piedra nos recibe con un sol espectacular.

Llegamos al aparcamiento y acordamos con nuestro conductor una hora de recogida. Tomamos un pequeño minibús que desde el párquing nos conduce a la entrada principal, allí compramos las entradas (200 Y por persona) y tomamos otro minibús que nos deja en la entrada del Bosque de Piedra.

De entrada, puede parecer una especie de parque temático. Numerosos grupos conducidos por las guías, todas ataviadas con la ropa tradicional Sani y grupos de hombres y mujeres que bailan las danzas tradicionales es lo primero que ves al llegar.

Shilin es la patria de los Sani, una minoría no reconocida por el gobierno chino que los considera parte de la minoría Yi. Pero los Sani son Sani y ellos no tienen ninguna duda, diga lo que diga el gobierno al respecto.

Ciertamente en la entrada se acumula numerosa gente, pero a lo que nos adentramos por los caminos entre las rocas pronto nos quedamos solos. Pasamos por estrechos aparentemente imposibles, subimos y bajamos escaleras y nos maravillamos por las caprichosas formas de las rocas en su escalada hacia el cielo. Todo está extremadamente limpio y cuidado.
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Después de un buen rato disfrutando del camino y de la rocas salimos del bosque grande y recorremos un poco el pequeño que ya no nos parece tan espectacular.

Nos dirigimos hacia el párquing y, como es un poco antes de la hora acordada, llamamos por teléfono a nuestro conductor que un minuto después nos pasa a recoger. Es hora de comer y nos lleva a un familiar restaurante de carretera. Para variar, somos los únicos occidentales, los comensales de las otras mesas nos miran con curiosidad y sin disimulo. Ya estamos acostumbrados, es lo normal en China.

Después de reponer fuerzas, tomamos el camino de las grutas de Jiuxiang que distan unos 30 Km de Shilin. Jiuxiang es el grupo de cuevas más grande de China, un conjunto de 100 cuevas cársticas de unos 600 millones de años de antigüedad. Aunque, la verdad, para nosotros todo es una sorpresa, antes de empezar el viaje no teníamos ni idea de su existencia.

No sabemos demasiado bien lo que nos vamos a encontrar y la verdad es que nos espera una buena caminata, pero también un agradable y satisfactorio descubrimiento.
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Siguiendo el curso de un río nos adentramos en la montaña en un recorrido que entra y sale de la misma que es absolutamente espectacular: grandes cavidades, saltos de agua impresionantes, cascadas gemelas, bañeras, formaciones cársticas de formas caprichosas… La lástima es que los chinos lo convierten todo en una orgía de luz, color y sonido. A ellos les gusta, y en definitiva es su casa, pero lo hubiera preferido todo un poco más natural.

Cuando definitivamente salimos al aire libre, tomamos unos telesillas que nos conducen de nuevo al lugar por donde entramos. Avisamos por teléfono al conductor e iniciamos el camino de regreso a Kunming. Tardamos porque llueve y la ciudad se colapsa con un tráfico infernal. De regreso al hotel preparamos las cosas para al día siguiente tomar el camino de Dali.

viernes, 22 de agosto de 2014

Dali, la ciudad dónde la vida no tiene fin

"La prefectura de Dali, Yunnan, es una zona donde la etnia bai habita en comunidad. Las casas con patios cuadrados aquí asumen otras formas. Una de éstas consiste en un patio rodeado de habitaciones por tres lados y un muro de sombra por el otro. Las viviendas así se dan en llamar "Habitaciones por tres lados y un muro de sombra por el otro". Qingxi Lou, Gensheng Chen. La arquitectura tradicional de China.

Hace menos de seis meses, el 1 de marzo de 2014, un grupo de unas diez personas vestidas de negro entraron violentamente en la estación de Kunming y, armados de sables y cuchillos, mataron a 29 personas e hirieron a unas 130 más. Esta imagen, que precavidamente hemos querido mantener oculta en la memoria, se no hace muy presente cuando hoy vamos camino de la estación para tomar el tren hacia Dali, en el que es el trayecto más largo en ferrocarril de nuestro viaje por China.

Llueve considerablemente, como, en un momento u otro, ha llovido en los tres días que llevamos por Yunnan, no es un buen presagio pero no vamos a entristecernos porque todavía llevamos la sonrisa dibujada en la cara después de la enésima sorpresa que nos ha deparado este maravillo país.

Para llegar a la estación de tren, y como es normal en todo el mundo, hemos pedido un taxi en la recepción el hotel. “Por supuesto, ningún problema” nos contestan, pero no vemos a nadie llamar por teléfono, lo que vemos es al botones tomar un paraguas y salir a la calle, distante unos veinte metros de la entrada del hotel, para esperar que pase uno y pararlo para nosotros.

Nuestro asombro deja paso a los nervios cuando vemos que va pasando el tiempo y que por allí no pasa ningún taxi. Tras cerca de media hora de espera, aparece por fin uno libre y hacia la estación que nos vamos. Por fin respiramos tranquilos.





Cuando nos disponemos a entrar en la estación, el semblante se nos oscurece y el corazón se encoge un poquito al hacerse presente el recuerdo del atentado. Sin ninguna duda, las medidas de seguridad son las mayores que hemos visto hasta ahora. La estación es grande, muy grande pero no es difícil orientarse. Hacemos tiempo en la sala de espera, pero antes pasamos por una farmacia donde, después de señalarme la garganta y toser un poco, me venden una especie de Ricola chinas, que me ayudan a calmar la sequedad que desde hace un par de días tengo en la garganta.

Una vez en el tren, nos esperan seis horas de camino que vamos a compartir con nuestros compañeros de departamento, un matrimonio joven y su hija pequeña. Si bien el marido realiza prácticamente todo el viaje en el pasillo, la mujer chapurrea el inglés y tiene ganas de conversación.

Se interesa por saber donde hemos estado y hacia dónde vamos, nos explica lo hermosos que son los lugares hacia donde nos dirigimos y no puede ocultar su orgullo cuando sabe que es el segundo viaje que hacemos por China y le explicamos nuestra admiración por la belleza de su país.

El viaje no se hace pesado y casi sin darnos cuenta llegamos a Dali. A la salida de la estación nos espera la escena típica de otras veces, docenas de personas gritando, empujando y ofreciendo servicios de transporte. Afortunadamente, en medio de la muchedumbre divisamos un hombre alto y fuerte, cuadrado como un armario, que sujeta un cartel con nuestro nombre. Nos dirigimos hacia él y en un suspiro nuestras maletas están en la furgoneta, y nosotros con ellas, camino de la ciudad vieja de Dali y de nuestro hotel.

Se trata del Yinfeng Hotel, uno de los alojamientos con más encanto de los que hemos conocido en nuestros viajes por China. Estamos en el primer piso y, como es habitual en muchos alojamientos tradicionales, no hay ascensor, pero no importa, son unas pocas escaleras que nos conducen a una enorme y acogedora habitación. El servicio de recogida y traslado desde la estación es gratuito, tan solo hay que concretarlo con el hotel facilitándoles el número de tren y la hora de llegada, además de un número de teléfono (de nuevo se nos demuestra la utilidad de disponer de un número chino).
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No podemos esperar a salir a conocer la ciudad. Gracias a la amabilidad y buen hacer de las chicas de la recepción apenas tardamos unos minutos en concretar el recorrido por el lago Erhai que queremos hacer mañana. Por 200 yuanes, un conductor nos llevará hasta el embarcadero y después nos recogerá en el final del trayecto del barco para acompañarnos en el coche por diferentes pueblecitos de la ribera del lago. El recorrido en barco supone otros 120 yuanes por persona.

Salimos del Yinfeng y nos adentramos por las calles de Dali, repletas de gente, color movimiento, tiendas… y con una presencia destacada de personas vestidas a la manera de los bai, la minoría mayoritaría en toda la zona del lago Erhai.

A pocos metros nos topamos con una de las grandes curiosidades de Dali, la iglesia de las misiones, construida por los franceses en 1938, al estilo de la arquitectura tradicional china, recuerda más a un templo budista que a una iglesia católica. Durante la Revolución Cultural sufrió diversos daños, pero en 1984 fue renovada y está catalogada y protegida por el Departamento de bienes culturales.

Toda la ciudad antigua de Dali, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es una auténtica maravilla, un pequeño laberinto de callejuelas que esconden pequeños tesoros de la arquitectura tradicional bai.

Caminamos por la calle Renmin Lu (la calle del Pueblo), hasta acercarnos a la “Puerta de las Cinco Glorias”, desde lo alto de la cual se divisa toda la ciudad, las imponentes montañas verdes, las Cang Shan, el lago, la mezquita con su magnífica cúpula de color verde y el templo de las Tres Pagodas, la imagen más característica de Dali.
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Subimos por la muralla y recorremos una parte en un agradable paseo que compartimos con numerosas familias que hacen lo propio. Vamos a buscar un sitio para cenar y en el camino nos topamos con el imponente Monumento al Héroe del Pueblo en la primera muestra -no será la única- de realismo socialista que nos encontramos por Yunnan.

Nos apetece descansar un poco de la comida china y cenamos una pizza en un restaurante cercano a Yangren jie (la calle de los extranjeros) donde aprovechamos para degustar la cerveza Dali, muy suave y refrescante y de reconocida fama en todo Yunnan.
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La noche es terriblemente animada en Dali, centenares de personas recorren las calles y abarrotan los restaurantes y tiendas, la vida no parece tener fin en la vieja ciudad. Regresamos poco a poco al Yinfeng y en nuestro camino nos topamos con un pase de cine al aire libre, ante el edificio del Cinema Dali, y ya, casi al llegar a nuestro alojamiento, saludamos al anciano que en la calle, con una antigua máquina de coser, se gana algunos yuanes haciendo arreglos en las ropas de vestir. Es de noche, pero la vida continua en Dali.

jueves, 21 de agosto de 2014

Lago ErHai, el que llueva o no llueva, no está en la boca de la rana

"En sus tiempos de «juventud educada» en Yunnan, época que ahora prácticamente les parecía otra vida, sentada junto a Yu, Peiqin chapoteaba con los pies en un arroyo tranquilo y transparente que fluía detrás de su cabaña de bambú." Cuando El Rojo Es Negro. Qiu Xiaolong.


De los 40 millones de habitantes que tiene Yunnan, cerca de 2 pertenecen a la minoría Bai, que en su mayor parte habita la ciudad de Dali y los pueblos y aldeas que bordean el lago ErHai.

Los Bai son una de las 25 minorías que viven en la región de Yunnan. Para hacerse una idea de lo impresionante de la cifra hay que pensar que China tiene oficialmente reconocidas tan solo 56 minorías y que por lo tanto casi la mitad reside en Yunnan. Ésta es también la región china con el mayor número de prefecturas autónomas y regiones autónomas, nosotros estamos en la Prefectura Autónoma Bai de Dali.

Hoy vamos a navegar por el lago ErHai, que junto con el monte Cangshan forma el paisaje físico y espiritual de los Bai. El día se levanta lluvioso y frío, y aunque todavía no lo sabemos, será uno de los días con peor tiempo de todo el viaje.
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No está en nuestras manos cambiar el tiempo y, como dice un viejo proverbio Bai, El que llueva o no llueva, no está en la boca de la rana, así que nos disponemos a partir hacia el lago y tratar de disfrutar del encanto que también puede ofrecer un día gris.

Nuestro conductor llega puntual a la hora acordada, como siempre intercambiamos teléfonos –nos pide que le hagamos una foto con el móvil, para reconocerlo cuando nos venga a recoger finalizado el recorrido por el lago- y nos lleva hasta el embarcadero. Una vez allá, él se encarga de realizar todos los trámites. Cuando todo está en orden, nos despedimos y embarcamos.

El barco es bastante grande y con diferentes cubiertas. Nosotros nos vamos hacia la más alta para disfrutar mejor del paisaje, pero continua lloviendo de forma intermitente y la niebla es omnipresente, una verdadera lástima.

ErHai es un lago grande, ocupa un área de 250 km2 y aloja diversas pequeñas islas. El barco nos lleva hacia la de Xiao Putuo, que únicamente acoge un pequeño templo en el centro y numerosas paraditas de comida que bordean el islote, casi tocando el agua del lago. La recorremos en pocos minutos y damos buena cuenta de algo parecido a una tortilla de camarones que, en aquel momento y en aquel lugar, nos parece deliciosa.

De vuelta en el barco y cuando llevamos un rato de navegación, una tripulante nos viene a buscar a la cubierta y nos lleva hasta el salón comedor donde un grupo ofrece un espectáculo de baile y canciones tradicionales Bai. Mientras se desarrolla el espectáculo nos van ofreciendo una degustación de diferentes muestras de té de Yunnan, todas sin excepción realmente buenas.

Al rato, el barco efectúa la penúltima parada, en la isla de Nánzhào donde, como toda la tripulación, aprovechamos para comer alguna cosa. De nuevo en el barco y tras un pequeño rato de navegación llegamos al final, en Shàngguan, donde nos espera nuestro conductor.

Nos comenta si en el camino de regreso nos apetece parar para conocer alguno de los pueblos que bordean las orillas del lago y, por supuesto le decimos que si. Nos acerca a Xizhou, un pequeño pueblo (en la escala china) de poco más de 30.000 habitantes.

Xizhou (literalmente Ciudad feliz), conserva el que tal vez sea el mayor y mejor conservado conjunto de casas tradicionales bai. Se trata de unas 200, del período de la dinastía Quing, la última que gobernó China.
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La actual modestia de Xizhou, poco hace sospechar la curiosa historia que ocultan sus calles. Durante la invasión japonesa, Xizhou dio refugio a un gran número de intelectuales de toda China que huían de la represión y la guerra, también la Universidad Huazhong se trasladó a la ciudad, este cúmulo de circunstancias dio paso a que durante unos años floreciera el estudio y la cultura en la ciudad, época en la que fue conocida como la "Cambridge del Este."

Hoy ya no queda nada de ese pasado, pero la ciudad continua manteniendo un encanto especial. Vamos paseando por sus calles, todavía de tierra muchas de ellas, y nos acercamos a la plaza central donde todavía funciona el mercado del día, básicamente paradas de fruta y alimentos, en la plaza también hay grupos de ancianos sentados en el suelo fumando plácidamente, que, sin demasiada curiosidad, apenas levantan la vista cuando nos aproximamos.

En el pueblo también hay una pequeña atracción turística, la reproducción de una pequeña aldea bai, donde, con el pretexto de representar la vida tradicional, aprovechan para vender té a los numerosos turistas chinos que se acercan en autocares. Nos puede la curiosidad y pagamos los 60 yuanes que cuesta la entrada para darnos un paseo por las diferentes dependencias. No está pensada para el occidental con lo que podemos permitirnos pasear tranquilamente sin ningún tipo de “presión comercial”.

El conductor nos acerca a nuestro hotel de la ciudad vieja de Dali, donde tras descansar un poco, nos disponemos a callejear buscando un lugar para cenar.
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Paseando sin rumbo fijo pasamos por delante de la mezquita con sus curiosas cúpulas de color verde y exploramos tranquilamente las calles adyacentes a Renmin Lu. Definitivamente, Dali tiene un encanto difícil de describir, de entrada tal vez no impacte, pero te atrapa poco a poco.

Siguiendo una recomendación de la Lonely cenamos en el Café de Jack, arroz y pollo al mango, la comida está realmente buena y el restaurante es agradable, nos pasamos un buen rato conversando y recapitulando tranquilamente los sucesos del día.

De regreso al Yinfeng, hacemos una parada en Mandarin Books, una pequeña y atractiva librería en la calle Huguo lu. La librería dispone de un gran número de libros chinos traducidos a otros idiomas, aprovechamos para comprar algunos cuentos ilustrados chinos y libretas y bolsas de tela de la propia librería.

Llega ya la hora de dormir, que mañana nos espera Lijiang.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Perdidos en el laberinto de Lijiang

"La ciudad antigua de Lijiang es, además, una ciudad marcada por las huellas de la vida de los naxi de generación en generación y la trayectoria de la historia. Y, lo que es más valioso, los naxi, laboriosos y bondadosos, viven hasta hoy en la ciudad y en las casas tradicionales que se ven por todas partes en la ciudad, razón por la cualse trata de una ciudad antigua "viviente", una ciudad antigua que atestigua la historia y sigue los pasos de la vida cintemporanea, una ciudad antigua que aún vive." Viviendas populares de China. Deqi Shan.

El viaje en tren a Lijiang apenas dura dos horas y media, relativamente corto para lo que son las distancias en este país. En el compartimento nos acompaña un joven que no se despega de sus auriculares durante todo el trayecto, lo que nos facilita dedicarnos a dormir y descansar.

Una vez llegados a Lijiang, la primera impresión no puede ser más equivoca, la estación está situada en una especie de tierra de nadie, sin apenas personas ni tampoco taxis.

A fuerza de buscar e insistir conseguimos que una taxista nos lleve hasta una de las puertas de la ciudad vieja -se supone que es la más próxima a nuestro hotel- con la recomendación que preguntemos en el kiosco de información turística -hay unos cuantos diseminados por la ciudad vieja-, para que nos indiquen cómo llegar.

Localizar nuestro hotel no acaba siendo una aventura fácil. La ciudad antigua de Lijiang es un intrincado laberinto de calles y callejuelas donde, al menos la primera vez, resulta muy difícil orientarse. Por ello es recomendable concretar con tu alojamiento el traslado desde el aeropuerto o estación. Desgraciadamente, el correo de nuestro hotel donde nos ofrecían el servicio fue a parar a la carpeta de spam y no tuvimos ocasión de poder acordarlo.
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Conseguimos localizar la calle de nuestro hotel, pero descubrimos horrorizados que el número no existe. Después de múltiples idas y venidas, carreteando las maletas por calles empedradas, y con un calor de justicia, un grupo de estudiantes chinos de visita en la ciudad se apiadan de nosotros y deciden convertirnos en su buena acción del día y hacen lo que nosotros deberíamos haber hecho hace tiempo y no se nos ocurrió, llamar al hotel.

En menos de dos minutos una persona del hotel se nos acerca y nos conduce los apenas 15 metros que nos separaban de nuestro destino y descubrimos asombrados el misterio de los números desaparecidos: la numeración de la calle continúa por el lateral y por la parte trasera hasta volver a la calle principal una vez cubierto todo el cuadrado. Un sistema que no habíamos visto nunca y que nos deja absolutamente alucinados.

El recibimiento en el Jun Bo Xuan Boutique Guesthouse compensa con creces los sinsabores de la llegada. El Jun Bo Xuan es una magnífica casa tradicional donde todas las habitaciones dan al patio central.

Antes de conducirnos a nuestra habitación, nos sirven unos vasos de pu-erh, el afamado te de Yunnan, que tomamos a la manera tradicional esperando que los pedacitos de las hojas se posen en el fondo del vaso antes de beber el preciado líquido. También nos ofrecen fruta para alegrar nuestra llegada. Aprovechamos para informarles de los dos lugares que queremos visitar estos días, Yulong y el Salto del Tigre, nos responden que no hay problema y que ya lo concretaremos por la tarde. Quedamos a una hora determinada y aprovechamos para descansar y visitar un poco la ciudad.
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Lijiang es la capital de los Naxi, la minoría étnica que puebla este indómito territorio definido por el río Yangtzé y la Montaña del Dragón de Jade, justo los dos lugares que visitaremos en los próximos días.

Los Naxi, unos 320.000, habitan mayoritariamente en Yunnan aunque también los hay en la vecina Sichuan. Forman un grupo humano excepcional pues conservan el único sistema de escritura de pictogramas que aún sigue siendo utilizado en el mundo.

Su religión, Dongba, también es de una originalidad sorprendente, siendo su mito de la Creación del Mundo un buen ejemplo, quien lo quiera conocer a fondo que no se pierda el libro La Creación del Mundo y otros mitos de los Naxi de Pedro Ceinos Arcones. Para abrir boca citemos el inicio de la leyenda en palabras del propio Pedro Ceinos: “En los tiempos remotos el cielo y la tierra estaban en una continua agitación, los árboles podían andar, las piedras podían hablar. El cielo, la tierra, el sol y la luna, las piedras y árboles, agua y fuego, las montañas y los ríos aún no se habían formado, sin embargo existía el reflejo del cielo y la tierra, el reflejo del sol y la luna, el reflejo de piedras y árboles, el reflejo del fuego y el agua, el reflejo de los ríos y montañas, y el reflejo de los ríos y corrientes.”

La ciudad antigua de Lijian es un auténtico laberinto de calles, callejuelas y canales conectados por los más de 300 puentes de piedra de los que dispone la ciudad. En 1996 un terremoto la destruyó habiendo sido totalmente reconstruida.

La plaza Sifang Jie (plaza del mercado viejo) es el centro humano y vital de la ciudad vieja. A ella acuden y de ella parten ríos y ríos de gente que colapsan las calles que dan a la plaza. Antes de que se convirtiera en un mercado al aire libre seguro sería una ciudad preciosa, con los canales, las calles empedradas, las casas de madera... A simple vista lo continua siendo, pero tan solo es una fachada, no parece que la gente viva ya en la ciudad vieja, únicamente hay hostels, restaurantes, bares y tiendas turísticas (de té, artesanía, música) y ríos y ríos de gente. No podemos quejarnos, nosotros somos uno de ellos, pero sí que está en nuestra mano alejarnos un tanto.
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Lejos del centro y las calles principales todavía puedes encontrar un resquicio de la calma y la atmósfera que seguro había tiempo atrás, antes de que se convirtiera en una atracción turística y la adaptaran a los gustos modernos del turista chino (el 99,99% de los que hay en la ciudad).

Nos alejamos de la plaza Sifang Jie y subimos por Shizi Shan (la colina del león) que tiene unas vistas inmejorables de la ciudad vieja, además de una interesante pagoda, un relajante jardín y las recurrentes torres del tambor y de la campana.

Empieza a anochecer y el arroz con pollo picante que comimos al medio día ya está totalmente olvidado, de regreso a la ciudad vieja paramos en una de las paraditas de comida que pueblan la ciudad y disfrutamos de sendas Baba, la tradicional torta naxi de harina rellena de carne, que sacian nuestro apetito.

Es ya negra noche y por las calles principales no hay ningún problema, pero cuando tomas algún callejón secundario la cosa cambia, no hay luz y las linternas pequeñas que siempre nos acompañan demuestran ser una buena idea.

Llegamos al hotel y directos a la cama, lo necesitamos.

martes, 19 de agosto de 2014

Yulong, conocido como el paraíso de los suicidas, inspira a nuestro conductor

"Lijiang está en el noroeste de la provincia suroccidental china de Yunnan. Es aquí donde vive la sencilla y honesta etnia naxi, se encuentran esa ciudad antigua y sus viviendas populares perfectamente conservadas, se halla la montaña nevada Yulong eternamente vestida de blanco y se palpita la cultura de los naxi." Viviendas populares de China. Deqi Shan.

En Lijiang, Yulong, la Montaña Nevada del Dragón de Jade es una presencia omnipresente. Distante tan solo quince kilómetros de la ciudad, el gigante helado parece observar serenamente la vida de los naxi y el transcurrir del tiempo.

En absoluto resulta una presencia amenazante, más bien reconforta, por eso no resulta nada extraño que los naxi la consideren una deidad protectora.

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La montaña tiene trece picos, siendo el más alto el Shanzidou de 5.596 metros, se trata de un pico extremadamente difícil, tanto que solamente una expedición americana, en 1987, lo ha llegado a coronar. A sus pies se extiende el glaciar Baishui No. 1, que es el que nos disponemos a visitar hoy, para ello deberemos subir hasta los 4.680 metros, la máxima altura a la que habremos llegado nunca.

Después de un contundente almuerzo chino compuesto de un enorme tazón de caldo con toda clase de verduras y carne, dos huevos duros, té y bollos, creemos estar dispuestos a enfrentarnos a cualquier cosa. La inagotable fuente de sorpresas que es este país y sus habitantes, nos desmentirá más adelante, pero no adelantemos acontecimientos.


Subimos a una furgoneta y emprendemos el camino en compañía de una joven pareja y de dos amigas, todos chinos por supuesto, con quien compartiremos el viaje. Las chicas que viajan juntas chapurrean algo de inglés, lo que se convertirá en algo muy útil más adelante.


El suicidio por amor fue, hasta 1949, una práctica muy extendida entre los naxi y Yulong el escenario habitual del rito. En la tradición naxi, los padres eran quienes acordaban los matrimonios, pero a los jóvenes, tanto de un sexo como de otro, les era permitido mantener relaciones abiertas antes de la boda. Ocurría que muchos se enamoraban de alguien distinto a la persona elegida. En ese caso, y para no desobedecer a sus padres, los jóvenes optaban por el suicidio ritual. Se vestían con sus mejores galas y subían a la montaña donde pasaban sus últimos momentos, bebiendo, bailando y haciendo el amor, justo antes de lanzarse juntos al vacío, ahorcarse o envenenarse, para, en su creencia, pasar a tener una existencia placentera en el paraíso que situaban en las cumbres de Yulong. Finalmente, y dado que para los naxi el mundo se compone de parejas, los amantes eran enterrados juntos.


postitNo sabemos si imbuido de ese espíritu suicida, nuestro conductor decide saltarse un gran control policial situado poco antes de la entrada al parque natural. Se desata un caos de silbidos, gritos y ruido, y justo cuando los policías ya han desenfundado sus armas y empiezan a apuntarnos, decide frenar en seco. 


Con el corazón latiéndonos a mil y el temblor en las piernas, vemos como un numeroso grupo de policías se acerca con precaución, cara de pocos amigos y por supuesto encañonando a la furgoneta. Al aproximarse y ver a dos occidentales en el interior, la situación se destensa un tanto y casi se hace la tranquilidad.


Sacan al conductor de la furgoneta y se lo llevan a un margen de la carretera, a los demás nos piden la documentación, todo con una corrección exquisita. ¿Por qué se habrá saltado el control? Vete tú a saber, no tendrá o tendrá caducado el permiso de conducir, o no tendrá documentación la furgoneta, sea cual sea la razón llevamos una hora parados y sin salir del vehículo. Nuestros compañeros de viaje parecen haberse tranquilizado y nos dedican alguna que otra sonrisa, cuando un policía sube al interior de la furgoneta, nos saluda y la conduce hasta la entrada del Parque nacional, cubriendo los cinco kilómetros que todavía distaban. 


En el párquing, con una sonrisa, el policía se despide de nosotros y nos remite a una mujer que nos estaba esperando. Por lo visto, el conductor suicida la había avisado por teléfono para que se encargara de nosotros.


Nos equipa con unos impresionantes plumones rojos que cubren desde la cabeza a los pies y nos das los botellines de oxigeno, hay excitación en el ambiente y tras enseñarnos como se usa el oxigeno subimos a un autocar que nos conduce hasta el telesilla que nos sube a la pradera del Mar Seco ya a 3.356 metros de altitud. El frío aprieta y la niebla se espesa encima nuestro. Está claro que hoy no podremos disfrutar de las vistas, pero no por eso vamos a renunciar.


postitUn telesilla nos conduce a la pradera del Abeto de las nubes a 4.506 metros de altitud, ahora toca subir a pie los 174 metros que nos separan del observatorio del glaciar Baishui No. 1, el último punto al que se puede acceder caminando por la montaña. Caminar a esta altitud, para nosotros que no estamos acostumbrados, es toda una experiencia, los movimientos se ralentizan y el tiempo parece alargarse. Vamos ascendiendo por escaleras que se combinan con pasarelas de madera, no se hace necesario el oxigeno, pero vemos como muchos caminantes le van dando de forma compulsiva, y decidimos que, ya que lo tenemos, lo aprovecharemos, pero la verdad es que no notamos nada especial. Lentamente llegamos a nuestro destino, los 4.680 metros marcados en un monolito en el que nos hacemos las correspondientes fotografías. Toca ya iniciar el descenso.


Desandamos el camino y una vez abajo de nuevo tenemos la sorpresa de reencontrarnos con nuestro conductor suicida que, como si no hubiera pasado nada, nos espera tranquilamente para llevarnos a comer.


Nos conduce al valle de la Luna Azul donde, en un extraño cobertizo de montaña, nos disponemos a comer. El lugar es muy curioso, en penumbra, un grupo de hombres fuma en silencio y juega a las cartas, nosotros ocupamos el otro extremo, en una mesa redonda, donde nuestro grupo compartimos una abundante comida. Acompañados por el té, se suceden los platos de verdura, carne, arroz… Tras saciar nuestro apetito salimos a disfrutar de la belleza del valle.


Lo que se aparece ante nuestros ojos es un paisaje mágico, cascadas de agua blanquecina que dan paso a lagos de un azul intenso, terrazas mágicas… Nunca hemos visto nada parecido, es un espectáculo único que por si solo justifica todo el viaje.


De regreso a Lijiang, tenemos ocasión de ver grupos de yaks que pastan tranquilamente en las praderas. Apenas se inquietan de nuestra presencia. Es un animal poderoso que reina en un paisaje extraordinario.


La vuelta se hace sin incidentes y ya en el hotel aprovechamos para descansar un poco antes de salir a cenar.


postitPor la noche Lijiang se transforma. En la frontera entre la ciudad vieja y la ciudad nueva abundan los bares musicales y karaokes dispuestos a las mil y una estratagemas para atrapar al turista chino, es otro mundo. Nosotros callejeamos sin destino pero llevamos la lista de restaurantes recomendados por la Lonely. Casi sin darnos cuenta nos tropezamos con uno, el Lamu’s House of Tibet y decidimos entrar. Está en un primer piso de un edificio de madera, la familia hace la vida en el mismo restaurante y tiene razón la guía cuando dice que “anteponen las sonrisas y el buen servicio a los yuanes”. Una familia encantadora sirviendo una comida fantástica.


La comida tibetana se basa en el yak y sus derivados como la mantequilla. Está francamente buena y además tienen la carta en inglés, no podemos pedir nada más, la estancia es muy cómoda y las vistas a la calle una manera discreta de pulsar la vida nocturna de Lijiang.


Después de una tranquila sobremesa, nos encaminamos tranquilamente al hotel, mañana nos espera el Yangtsé.

domingo, 17 de agosto de 2014

Shangri-la, cuando el camino honora al viaje

"Y en medio de aquel sueño confuso se sintió dueño absoluto de Shangri-La." James Hilton Horizontes perdidos.

Nuestro destino de hoy tiene un nombre poderoso. Un nombre lleno de resonancias míticas, Shangri-la. Nos encaminamos al paraíso imaginario descrito por James Hilton en su novela de 1933, Horizontes perdidos.

Hilton imaginó un lugar donde reinara por siempre la felicidad y estuvieran desterradas la enfermedad y la vejez y el director de cine Frank Capra lo recreó magistralmente en 1937 en una maravillosa película ganadora de dos premios de la academia. 


Pero el lugar al que vamos hoy, poco tiene que ver con el poblado tibetano imaginado por Hilton. Nuestra Shangri-la es una más de las poblaciones que a lo largo de los años y en el Tibet, Pakistán o Nepal, se han reclamado fuente de inspiración del escritor. No es la única, pero es la que consiguió llevarse el gato al agua, el 17 de diciembre de 2001, la pequeña localidad china de Zhongdian cambió oficialmente su nombre y pasó a convertirse en Shangri-la.


James Hilton jamás pisó Zhongdian, y lo cierto es que se sirvió de los relatos de viajes del botánico Joseph Rock, publicados en el National Geographic, para dar forma a su paraíso himalayo. Hoy poco importa todo eso, vamos a conocer a la única y real Shangri-la, una de las ciudades más bellas del Tibet chino.
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A pesar o tal vez gracias a su pequeño tamaño, la terminal de autobuses de Lijiang resulta sencilla para el extranjero (a la vuelta nos daremos cuenta que hay más de una estación de autobuses y que ésta –donde nos ha dejado el taxi que nos han pedido desde el hotel- no es la más grande). Después de comprar en la única ventanilla existente nuestros billetes -60 yuanes por persona- y tras una pequeña espera subimos a un relativamente moderno autobús que, en cinco horas de carretera, nos dejará en Shangri-la. El autobús va lleno y, junto con una pareja de holandeses, seremos los únicos occidentales del viaje.

De entrada repetimos el trayecto que ayer utilizamos para llegar al Salto del Tigre, siguiendo el recorrido del Yang-tse que fluye a nuestra derecha. Cuando llevamos unas dos horas de camino, paramos en un pequeño ensanche de la carretera poblado de paraditas de comida y bebida. Como el resto de pasajeros, aprovechamos para cargar provisiones de las que iremos dando buena cuenta a lo largo del viaje. Reemprendemos la marcha y, a poco dejamos el río atrás e iniciamos una larga y espectacular subida. La carretera se enfila por montañas imposibles que flanquean valles interminables. Tomamos con calma las curvas sin perder de vista el abismo que se proyecta a nuestra derecha. La increíble belleza del paisaje nos aísla de la inquietud que produce la carretera.


Después de varias horas de subida llegamos a una altiplanicie en la que el paisaje cambia radicalmente, hemos llegado a la Prefectura autónoma tibetana de Dêqên, que en tibetano quiere decir lugar de felicidad y de buena suerte. No hay que confundirla con la actual Región Autónoma del Tíbet de capital en Lassa, pues, a diferencia de ésta nadie discute su histórica pertenencia a China.


Dêqên formó parte del Imperio Tibetano que, entre 629 y 841, se extendió desde Mongolia al golfo de Bengala, ocupando los territorios de Bhutan, Nepal, parte de Sichuan y Yunnan. A la muerte del último esperador tibetano, Langdarma, el imperio colapsó y los territorios de la actual Dêqên unieron su suerte a la de los reinos chinos.

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Desde el autobús vemos multiplicarse las señales que nos anuncian que ya estamos en territorio tibetano: estupas, ristras de coloridas banderas de oración que nos hacen llegar sus bendiciones, y hombres y mujeres ataviados a la manera de los tibetanos o de los lisus, que juntos representan más del 50% de la población de Dêqên. Curiosamente, a lo largo del camino se hacen muy visibles también las banderas del Partido Comunista Chino (con la hoz y el martillo) que, de alguna forma, sustituyen a las de la República Popular.

Estamos a más de 3.000 metros pero todo es verde, inmensas praderas donde pastan los rebaños de yaks, riachuelos, cascadas y altas montañas conforman el paisaje. Un conjunto de una belleza difícil de explicar.


Unos cerdos sueltos por la calle, nos dan la bienvenida a Shangri-la, por fin hemos llegado, ahora tan solo nos resta esperar a que, tal y como hemos quedado con Rose, la propietaria del Timeless Inn, que será nuestro alojamiento en la ciudad, nos pasen a recoger.


A los pocos minutos de nuestra llegada vemos como se acerca un fornido joven con una larga cabellera culminada en el tradicional moño tibetano con un cartel con nuestro nombre, le hacemos señas y se aproxima sonriendo, Hello, my name is Anso and I’m tibetan. Anso es el marido de Rose, la propietaria del Timeless Inn, nos lleva hasta su furgoneta y nos conduce al hotel.

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Mientras nos acercamos a la ciudad vieja de Shangri-la, vemos para nuestra desgracia como se confirma el peor de nuestros temores, el incendio del 10 de enero ha dejado poca cosa en pie. La ciudad vieja parece arrasada por un terremoto: manzanas enteras de casas completamente derrumbadas, polvo, calles inexistentes, y aquí y allá misteriosamente en pie alguna que otra casa a la que las llamas inexplicablemente han respetado. El paisaje me recuerda mucho al de las fotografías de Hiroshima después de la bomba.


Antes de decidir viajar a Shangri-la éramos conscientes de que nos podíamos encontrar con esta realidad, pero aún y así decidimos ir porque el viaje por carretera ya es en sí una experiencia que sabíamos valía la pena vivir. No nos arrepentimos.


Nuestro hotel es una de las casas que milagrosamente ha sobrevivido, una tradicional casa tibetana de madera con planta y piso y un pequeño jardín a la entrada donde dormita el pequeño perro de la familia que nos recibe sonoramente. Un pequeño de unos cinco años de la mano de su madre, Rose, no saluda lleno de curiosidad. Rose habla un inglés impecable lo que facilita la comunicación, nos explica que ellos también viven en la casa y nos indica cual es nuestra habitación, espaciosa y decorada al estilo tibetano. Una fotografía de Chökyi Gyalpo, el undécimo Panchen Lama, preside la recepción de la casa.
No tenemos demasiado tiempo, así que sin apenas descansar nos encaminamos a tomar el autobús número tres que nos llevará al Monasterio Songzanlin, conocido como el pequeño Potala. 


postitEl autobús conoció días mejores, es antiguo y con asientos de plástico pero lo verdaderamente curioso es el sistema de cobro, junto al conductor hay un enorme barreño donde al subir o al bajar vas depositando el billete de un yuan que cuesta el trayecto. Es una estampa graciosa y extraña.


Para asegurarnos de que hemos tomado el autobús adecuado le enseñamos a nuestra vecina el papel donde llevamos escrito nuestro destino, nos sonríe y asiente dejándonos más tranquilos. 


El tráfico es escaso y al autobús se mueve sin problemas por la ciudad, recorremos las calles hasta que se detiene en una especie de puesto de control. El conductor nos indica que hablemos con el policía quien en inglés nos pregunta si vamos al monasterio y al responderle que sí nos indica donde hemos de sacar las entradas y coger el autobús del propio monasterio que nos conducirá hasta la puerta.


La llegada a la explanada ante la colina donde se alza el monasterio ofrece una visión espectacular. El monasterio es realmente impresionante y majestuoso.

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Songzanlin es el monasterio budista tibetano más importante de la escuela Gelugpa en el sur de China. Los monjes de esta escuela son conocidos por los llamativos sombreros amarillos que usan en sus ceremonias. El Dalai Lama es la cabeza de la escuela Gelugpa además de ser el maestro de todas las órdenes del budismo tibetano.

Su construcción data de 1679 y durante la Larga Marcha, cuando en el verano de 1936, el Segundo Ejército Rojo atravesó Shangri-la, el general Xiao Ke se personó en el monasterio, donde fue cordialmente recibido por los lamas que proporcionaron guías y alimentos al ejercito. El general, en agradecimiento, caligrafió sobre un brocado “Lograr la prosperidad para la minoría”, el brocado se exhibe actualmente en el Museo Militar de la Revolución Popular China en Beijing. 


Xiao Ke también fue uno de los cinco generales retirados que se opusieron a la intervención militar en Tiananmen en una carta pública a la Comisión Militar Central: "el Ejército Popular pertenece al pueblo, y no se puede usar en contra del pueblo". 


Durante la Revolución Cultural el monasterio fue severamente dañado. Desde entonces es objeto de una continua restauración.

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El monasterio es en sí una ciudad en pequeño. Subimos la empinada escalera que nos ha de conducir a las edificaciones más altas. El conjunto del monasterio está formado por tres templos rodeados de una gran cantidad de lamasterios. En el pabellón del templo principal podemos verlas 108 columnas de madera que soportan el peso del edificio. Lo de 108 no es casual, este es uno de los números mágicos del budismo tibetano. El monasterio ha llegado a alojar a más de 3000 monjes aunque en la actualidad nada más viven en él unos 700.

Hay gente, pero poca, lo que nos permite una visita tranquila y sosegada, en muchos momentos en soledad. Las cúpulas, las figuras doradas… mires donde mires la belleza te atrapa, quieres almacenar todos los detalles en la memoria, porque sabes que éste será uno de los grandes recuerdos del viaje.


En autobús, regresamos al centro de la ciudad y nos acercamos a la plaza central, un increíble microcosmos de lo que es Shangri-la. Tiempo tendremos de disfrutar de la plaza, ahora subimos las escaleras que desde la misma plaza nos llevan al parque Guishan y al monasterio que se alza en la cima de la pequeña colina. 


postitDesde aquí tenemos una vista privilegiada de la ciudad, es una impresión desoladora, se encoge el corazón pensado en lo que fue y en lo que queda de ella, el fuego fue devastador. Sobrecogidos, nos sumamos al grupo de gente que sin cesar empuja la que es una de las mayores ruedas de oración del mundo. Una magnífica rueda dorada visible desde cualquier punto de la ciudad. Se necesitan unas quince personas para girarla y nunca faltan manos para hacerlo, es un giro que nunca parece tener fin.


De regreso a la plaza nos espera otra agradable sorpresa, son las siete de la tarde y como todos los días los altavoces empiezan a emitir una cadenciosa melodía y en segundos se forma un gigantesco círculo de mujeres y hombres de todas las edades, muchos vestidos a la manera tradicional tibetana, pero también jóvenes con jeans y zapatos de tacón que danzan en una coreografía perfecta.


Cada melodía que suena tiene su propia coreografía que todos saben seguir. Es impresionante, me recuerdan danzas incas o mayas en honor al sol, solo que trasplantadas al Himalaya. Nos sentamos tranquilamente a observar y disfrutar, sin prisas, tranquilos, relajados, en paz, disfrutando del baile y la alegría de esta gente, sin olvidar que hace unos pocos meses, muchos de ellos vieron como lo perdían todo en una noche de fuego interminable.


postitPaseando de nuevo por la parte que todavía queda en pie, vamos buscando un lugar para cenar. Es como un pueblo de montaña, con las casas de madera, las calles empedradas, interminables y coloridas ristras de banderas de plegaria. En su momento debió ser una maravilla, ahora está en reconstrucción y deseamos que también sepan reconstruir lo que debió ser el alma de esta maravillosa ciudad.


Cenamos en un pequeño y agradable restaurante que encontramos por el camino, tiene el mismo aire que el restaurante tibetano de Lijiang, todo de madera y con las paredes decoradas con fotos antiguas en blanco y negro de la vida cotidiana en Shangri-la. La propietaria nos pregunta de dónde venimos y cuando se lo decimos se le ilumina la cara recordando el sabor del jamón serrano que conoció en un viaje a Sevilla. El mundo es un pañuelo y el jamón nos hermana a todos, todavía recordamos la cara de un adorable anciano que en nuestro primer viaje a Japón nos confesó que todavía soñaba con el jamón que había conocido en un viaje a España.


Nosotros dejamos el jamón para nuestro regreso dentro de unos días y ahora disfrutamos de unos tallarines con mantequilla y carne de yak regados por una potente cerveza tibetana. 


El regreso al hotel no es fácil, es negra noche, no hay iluminación y el inexistente camino está poblado de hierros retorcidos y agujeros traicioneros. La imprescindible linterna nos vuelve a mostrar su utilidad y con mucha precaución conseguimos llegar a nuestro hotel. Necesitamos descansar, ha sido un día largo y fatigoso, pero sin dudar haríamos mil veces más el camino para vivir y disfrutar lo que hoy hemos vivido.