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domingo, 23 de abril de 2017

North Berwick, los paisajes de Robert Louis Stevenson

"El destino preferido de Eliane era North Berwick. Le gustaba mirar por uno de los telescopios del Acuario o pasear por la playa." Asuntos internos. Ian Rankin.

A estas alturas y después de recorrer intensamente la ciudad, no puede extrañar que los habitantes de Edimburgo se consideren los más felices y afortunados del Reino Unido, pero muy cerca tienen  quienes los superan, los que tienen el privilegio de vivir en los pueblecitos del Firth of Forth. Durante unos días vamos a recorrer algunos de ellos, lo haremos en excursiones de una jornada, hechas con transporte público y con salida y llegada en la propia Edimburgo.

Con una longitud de 88 km, el Firth of Forth es el estuario más importante de la costa este de Escocia. A lo largo de su recorrido se citan numerosos lugares de interés, desde preciosos pueblecitos costeros a inquietantes islas abandonadas. Ocasión tendremos de recorrer alguno de ellos.

postitHoy nos encaminamos a North Berwick, a unos 40 kilómetros de Edimburgo, para seguir un poco el rastro de Robert Louis Stevenson, admirar la isla de Fidra y navegar alrededor de las islas de Craigleith y  Bass Rock para ver el increíble espectáculo de las miles de aves marinas que hacen de dichas islas su hogar, junto con las focas de las que en el Forth hay cerca de 3000.

Iniciamos nuestro viaje en la estación de Waverley, donde por 6,90 libras ida y vuelta, ScotRail nos acercará en apenas media hora a nuestro destino. Mientras esperamos nuestro tren tenemos tiempo de admirar la estación.

Es la única estación de ferrocarril en el mundo que lleva  el nombre de una novela, Waverley, de Walter Scott, considerada como la primera novela histórica del mundo. La estación que vemos hoy se inició en 1868, pero anteriormente el sitio lo ocupaban tres estaciones distintas de tres compañías ferroviarias rivales. Hoy, ocupa diez hectáreas y es la segunda más grande del Reino Unido después de Waterloo, en Londres.

El tren es cómodo y el viaje se hace rápido. La estación de North Berwick, como es habitual en Escocia, no está en el centro de la localidad, está en un extremo, así la vía férrea no divide las localidades a su paso. Hace falta caminar un poco en dirección al mar.
postit Llegados al puerto localizamos rápidamente el Sula II, nos dicen que el próximo viaje saldrá a la una de la tarde y que media hora antes podemos venir a comprar los billetes. Tenemos tiempo de sobra para descubrir el pueblo e incluso comer antes de salir a navegar.

Es bajamar y la playa ofrece un paseo impresionante. Caminando por la arena uno no puede sustraerse a la emoción de compartir el paisaje que tanto influyó en Robert Louis Stevenson, el autor que, junto con Verne, más ha influido en generaciones y generaciones de jóvenes lectores.

De niño, la familia de  Stevenson veraneaba en North Berwick. Corría y jugaba por las mismas arenas que estamos pisando ahora. Y cuando levantaba la vista y miraba al mar, a su izquierda veía la isla de Fidra. Esa isla que recorrió intensamente de arriba abajo mientras su padre Thomas y su  primo, David, supervisaban  la construcción del faro, es la que daría forma al mapa de la Isla del Tesoro, su primer y genial libro.

Stevenson provenía de una familia de ingenieros y constructores de faros y lo que se esperaba de él era que siguiera la tradición familiar, por eso su padre lo llevaba a los viajes de inspección de obras, pero él prefería escuchar las historias de los pescadores antes que las técnicas explicaciones de ingeniería. Lo que perdió su padre, lo ganó la literatura.

postit No es Fidra únicamente la isla que aparece en la obra de Stenvenson, ese "holgazán instruido, vagabundo (...) siempre presto a ofender por sistema a todas las clases, una por una" como lo definió, en 1878, The Scotsman, también hizo penar  en la prisión de Bass Rock al personaje de David Balfour en Catriona

No es de extrañar que este lugar lo marcara, la presencia de las islas define un paisaje irreal, casi mágico. Vamos caminando por las arenas de la West Bay y nos acercamos al Scottish Seabird Centre, la entidad que se dedica tanto al cuidado y difusión de la riqueza de la vida salvaje que protagonizan las aves marinas que han hecho de algunas de las islas del Firth of Forth su santuario. Luego tendremos tiempo de visitarlo con calma, ahora preferimos seguir paseando por las arenas de Milsey Bay.
postit Al cabo de un rato nos adentramos en el pueblo, hay que buscar algún sitio para comer y paseando por High St. nos decidimos por el Golfers. No abusamos de la comida, teniendo que embarcar es preferible ir algo ligero, se va haciendo la hora de regresar al puerto y lo hacemos de nuevo por la arena de la West Bay admirando la singularidad de las casas que rodean la playa y las curiosas escaleras que les hacen llegar directamente hasta la arena. Como en muchos otros lugares de Escocia, les gusta decorar el alfeizar de las ventanas con recuerdos de lugares que han visitado, tanto para recordarlos ellos como para hacérselo saber a los vecinos, así que no hay que extrañarse de encontrar alguna flamenca y algún que otro toro.
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Llegamos al puerto, la marea ya ha subido y podemos embarcar en el Sula II, una lancha construida en 1972 y que tiene la consideración de embarcación histórica. El patrón, que responde a todos los tópicos acerca del viejo lobo de mar, con su poblada barba, la gorra marinera y la pipa, nos da la bienvenida a bordo y salimos a mar abierto. Nos dirigimos a Craigleith, la más cercana de las cuatro islas frente a North Berwik, las otras son Bass Rock, Fidra y The Lamb.

Craigleith, que una vez fue un criadero de conejos, es ahora el hogar del Proyecto SOS frailecillo del Scottish Seabird Centre. Desgraciadamente para nosotros no es época de frailecillos, pero al costear pausadamente la isla vemos colonias de diferentes especies de aves marinas, como gaviotas tridáctilas y cormoranes.

postitDejamos atrás Craigleith y enfilamos hacia Bass rock, nada te tiene preparado para lo que te espera, a medida que vas llegando se hacen presentes los miles y miles de alcatraces que sobrevuelan y ocupan la isla sin dejar apenas un centímetro libre. Hay más de 150.000 que con sus excrementos han pintado de blanco la isla.

Es increíble verlos sobrevolar y ocupar hasta el último centímetro libre de la superficie de la isla. Viéndola así, se hace difícil imaginar que alguna vez estuvo habitada, pero lo cierto es que, aprovechando un antiguo castillo que había permanecido allí durante siglos, ha servido de prisión en numerosas ocasiones, albergando principalmente presos por razones políticas.
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El regreso lo hacemos en dirección a las ruinas del castillo de Tantallon, desde el barco es imposible avistar a su único y famoso habitante, el fantasma que se aparece en las fotografías, es mucho más sencillo ver las diferentes colonias de focas que pueblan las rocas próximas a la costa. De regreso ya al puerto disfrutamos de una panorámica magnífica de las preciosas casas que se alinean junto a la playa.


A pesar de ir bien abrigados, la fuerte brisa en la cubierta “descubierta” del Sula II ha hecho de las suyas y ya en tierra nos acercamos al Scottish Seabird Centre para tomar algo caliente en su cafetería. Aprovechamos también para comprar algún recuerdo y nos encaminamos ya hacia la estación para regresar a Edimburgo. Lo hacemos paseando por los lindes del campo de golf, muy concurrido a esta hora de la tarde.  North Berwick ha resultado una magnífica experiencia.

sábado, 22 de abril de 2017

Navegando por el Forth camino de Inchcolm

"Al bajarse del coche, comenzó a ver una de las atracciones de la casa. Las vistas. Los espectaculares puentes de Forth no demasiado lejos; el resplandeciente y tranquilo estuario, y el sol brillando en el verde y plácido Fife, al otro lado del agua." Jack Al Desnudo. Ian Rankin.

Hoy vamos a visitar otra de las islas del Firth of Forth, la de Inchcolm, recorreremos los restos de su abadía, las ruinas de las viejas fortificaciones militares, navegaremos entre numerosas colonias de focas y disfrutaremos con la excelencia de uno de los iconos de Escocia, el Forth Rail Bridge.

Partimos de la estación de Waverley y apenas quince minutos más tarde estamos ya en la estación de Dalmeny. Nos dirigimos hacia el puerto de South Queensferry, el camino está perfectamente señalizado pero es largo y un tanto peculiar, un sendero que transcurre por el bosque y que acaba dejándote prácticamente a los pies del Forth Rail Bridge, a pocos metros del muelle.

Es una presencia imponente y a medida que te acercas te admira más y más. A pesar de sus 125 años resulta de una modernidad inquietante. Considerado como un icono de Escocia, en realidad fue diseñado por dos ingenieros ingleses, John Fowler y Benjamin Baker, y la construcción duró ocho años, con un coste de 3,2 millones de libras de la época.

postitCuando un escocés quiere decir que algo no se acaba nunca usa la expresión "es como pintar el puente de Forth", pues es tan impresionante la construcción que cuando se acababa de pintar en un extremo hacía falta empezar ya en el extremo contrario.

Es un paisaje que parece salido de un relato Steampunk, pero es muy real , y cuando piensas en la técnica existente en  1883, cuando se empezó a construir, te das cuenta de las enormes dificultades que tuvieron que soportar aquellos hombres que lo hicieron posible.

En el momento de mayor actividad, 4.600 hombres y niños trabajaron en el puente a razón de un niño por cada equipo de tres remachadores. En su construcción dejaron la vida 73 personas.

No era una vida fácil, la mayoría de los trabajadores vivían en Leith y cada día a las 4 de la madrugada tomaban el tren especial que los conducía a pie de obra. Por supuesto, el precio del billete se lo deducían del salario. La mayoría se dedicaban a colocar los remaches, de los que  el puente tiene seis millones y medio. El niño del equipo calentaba los remaches hasta que estaban al rojo vivo, con pinzas lo colocaba en el agujero y lo sostenía mientras los otros dos miembros del equipo lo golpeaban con pesadas mazas para encajarlo. Cobraban por cada remache colocado.

Hoy el puente es un punto clave de la red ferroviaria escocesa y cada día circulan por él 200 trenes.  Alfred Hitchcock lo convirtió en un protagonista clave de su película “Los 39 escalones”.






Aunque es la forma más famosa de cruzar el Forth, no es la única, además del Forth Road Bridge, el puente colgante que desde 1965 canaliza el tráfico de coches, siempre que el viento lo permite y no se cierra, y el Queensferry Crossing  que, cuando escribimos esto, todavía está en construcción, durante cerca de veinte años funcionó el hoy prácticamente desconocido túnel que, 500 metros bajo el mar, unió las minas de carbón de Kinneil y Valleyfield en orillas contrarias del Forth.

Si el puente es una maravilla de la ingeniería victoriana, el túnel no lo es menos de la ingeniería moderna. En 1964, en una época en la que no existía la geoposición ni los modernos sistemas de medición, los obreros que conectaron ambos extremos del túnel lo hicieron con una desviación de tan solo cinco centímetros. 

El túnel, que cerró en 1982, fue una víctima más del desmantelamiento de la industria del carbón que emprendió el gobierno de Margaret Thatcher y que condujo a la famosa huelga de los mineros británicos. Las consecuencias de aquella medida, que provocó la extinción de pueblos enteros de Escocia, todavía están presentes. Desde entonces, el Partido Conservador ha sido residual en la política escocesa, pasando de los 21 diputados que tenía en 1983 a 10 en 1987, ninguno en las elecciones de 1997 y un solo diputado en todos las elecciones desde el 2001 al 2015.

Hoy no queda ningún rastro del túnel, las minas fueron demolidas y los pozos sellados con hormigón, el túnel se supone que está intacto en las secciones de roca, pero completamente inundado. Tan solo queda alguna vieja fotografía y alguna marca en mapas de la época.

Nos acercamos al muelle y comprobamos que todavía es pronto para embarcar, así que nos aproximamos al The rail bridge café y aprovechamos para tomar algo caliente. Hacemos tiempo y regresamos al embarcadero, allá ya nos espera la Forth Belle, la embarcación que por 20 libras nos va a llevar a Inchcolm. En el precio están incluidas las 6 libras que cobra la Historic Scotland, la entidad que cuida de la isla, para desembarcar en ella.

El patrón nos informa que la marea no permite desembarcar todavía en la isla así que primero hará un tour por el Forth y después de desembarcar a los pasajeros, hará la visita a la isla. Nos dice que si no queremos esperar en el muelle, subamos a bordo y hagamos los dos trayectos sin mayor coste. Obviamente nos apuntamos.

postitNada más salir, cruzamos por debajo del Forth Rail Bridge y avistamos la isla de Inchgarvie que está situada bajo el puente y en parte sirve para cimentarlo. En tiempos sirvió de prisión y, en lo que es una historia mucho más triste, durante los siglos XVI y XVII fue el lugar donde se desterraba a los enfermos de peste, para allí morir por la propia enfermedad, la falta de cuidados o simplemente por inanición. Aunque deshabitada, la isla está completamente fortificada desde la época napoleónica, cuando se instalaron baterías de cañones para prevenir una invasión francesa. Más tarde realizó la misma función durante las dos guerras mundiales. Abandonadas las fortificaciones, hoy parece el esqueleto de una antigua estrella de la muerte en el extremo de la cual sobresale un faro de curioso diseño construido en 1886 -4 años antes de que se acabaran las obras del puente- por David Alan Stevenson y que actualmente todavía funciona.

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Navegando por el Forth en dirección al Mar del Norte, empezamos a ver numerosos grupos de focas que han hecho de las boyas de navegación su particular solárium, están tranquilamente tumbadas y apenas se extrañan de nuestra presencia.

Avistamos Inchcolm, pero no podemos desembarcar, lo haremos en el siguiente trayecto, y de regreso navegamos próximos a la isla de Inchmickery que se alza imponente completamente fortificada como un pétreo barco de guerra. Abandonada tras la segunda guerra mundial es ahora un santuario de aves marinas protegido por la Royal Society for the Protection of Birds.

postitPasamos también cerca del Faro de Oxcars que, construido como no podía ser de otra manera por la familia Stevenson, en 1886, sobre una pequeña roca, emerge sobre el mar como un extraño periscopio cuando la marea alta cubre completamente la roca sobre la que se asienta. 

De regreso al embarcadero y habiendo desembarcado unos y subido otros, partimos por fin hacia Inchcolm. 

La isla, de cerca de de 90.000 metros cuadrados, poco tiene que ver con las inhóspitas y deshabitadas islas del Forth. Llama poderosamente la atención el verdor  intenso que corona toda su superficie y la extraña atracción que se siente nada más poner el pie en ella.

Disponemos de hora y media y hay que aprovechar el tiempo. A paso vivo nos dirigimos a los restos de la Abadía que, por su buen estado de conservación, proporciona una buena idea de lo que fue su magnificencia. La viejas piedras constituyen un magnifico escenario, por eso no es de extrañar que en alguna ocasión se haya representado Macbeth entre estas paredes.

Precisamente, en la escena segunda del  acto primero, Shakespeare menciona la isla cuando el Barón de Ross informa al Rey Duncan del resultado de la batalla de Kinghorn, entre  noruegos y escoceses, y del acuerdo al que llegaron con el rey noruego para que enterrara a sus muertos en la isla de Inchcolm: 

“Y ahora Sweno, el rey de Noruega, suplica la paz. Mas no accedimos al entierro de sus hombres hasta que en Inchcolm nos pagó diex mil táleros a todos nosotros”.Macbeth Traducción y edición de Àngel-Luis Pujante. Austral 2012.

Desde la abadía nos encaminamos a la parte más alta de la isla a la que accedemos por el antiguo túnel de ladrillo excavado por los ingenieros militares en 1916. Aquí, los restos de las fortificaciones militares se hacen evidentes pero lo mejor por supuesto es la vista. Lástima de la gigantesca plataforma petrolífera que, en dirección a la salida del estuario, se enseñorea del paisaje.

postitDespués de disfrutar de las magníficas vistas del Forth, vamos de regreso al muelle pasando de nuevo por la Abadía. Viéndola en ruinas se hace difícil pensar en la protección divina que la creencia general otorgaba a la isla. Cuenta la leyenda que en 1355 piratas ingleses saquearon la isla llevándose también una imagen muy venerada de San Columba, sin embargo cuando los ingleses regresaban a casa, una tormenta casi destruyó el barco y, atemorizados, regresaron para devolver la imagen a los monjes y poder así partir lejos de la ira de Dios. 

Antes de llegar al embarcadero paramos en la tienda de recuerdos que Historic Scotland mantiene en la isla. Desde aquí se pueden ver los restos de cuando la isla era punto clave de la conexión entre Lothian y Fife por medio de transbordadores. Nosotros subimos de nuevo al Forth Belle para regresar a South Queensferry. Antes de desembarcar tenemos ocasión de maravillarnos de nuevo con los centenares de focas que saludamos al paso.

Ahora desandamos el camino inicial y desde la estación de Dalmeny regresamos a Edimburgo. No podemos negarlo, ha resultado un día estupendo.