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viernes, 23 de noviembre de 2012

Adios a Gyeongju y camino de Busan

"El hombre le dijo al monje: ¿oiga reverendo monje, cómo es que no ha muerto todavía? A lo que el monje respondió: Tan ocupado estoy en librarme de la muerte que, aunque quiera, no tengo tiempo para morirme."Cuentos coreanos de tradición oral. Im Sokche


Son nuestras últimas horas en Gyeongju y aún nos quedan dos visitas imprescindibles. Despues de hacer el check-out en nuestro Hanok y dejar las maletas que más tarde iremos a recoger nos encaminamos a la estación de autobuses donde tomamos el número 10 que pasa cada 15 minutos y nos encamina al Templo Bulguksa.

Distante unos 16 kilómetros del caso urbano de Gyeongju, enclavado en un paisaje verde y montañoso, el templo es otra otra de esas maravillas casi desconocidas que tanto abundan en Corea.

Construido según los patrones del  Pungsu-jiri-seol, la versión coreana del  Feng Shui, llama la atención el colorido presente tanto en las figuras como en los abundantes farolillos y construcciones. A diferencia de la sobriedad del budismo japonés o el exceso del budismo chino, en Corea los templos respiran más alegría y colorido.

La visita a Bulguksa merece su tiempo, disfrutar y recrearse con cada uno de los detalles. Prácticamente destruido durante la invasión japonesa de 1592, fue reconstruido parcialmente durante la ocupación japonesa de Corea (1910-1945) y completamente restaurado en 1973.

Como siempre, llama la atención la belleza evocadora de los nombres de las diferentes partes del templo: Puente de las Nubes Azules, Puente de las Nubes Blancas, Puerta de la Niebla Púrpura,  Salón Sin Palabras y, cómo no, el Salón de la Suprema Felicidad.

Desde el aparcamiento que está a la entrada del templo, sale un autobús que cada hora lleva hasta la cercana Gruta de Seokguram.

Tanto la construcción del templo de Bulguksa como de la Gruta de Seokguram, se atribuyen a Kim Daeseong, ministro principal de Silla durante el reinado del rey Seongdeok.

Según relata el Samguk Yusa, o Memorias de los Tres Reinos, la colección de leyendas, cuentos y recuentos históricos relacionados con los Tres Reinos de Corea, escrito en chino clásico a finales del siglo XIII, Kim Daeseong era la reencarnación del hijo de una mujer piadosa pero muy pobre, por ese motivo y para honrar a ambas famílias, construyó Bulguksa en memoria de sus padres y Seokguram en memoria de los padres de su vida anterior.

Existe una larga tradición de excavar estatuas de Buda en el interior de montañas, como así atestiguan los conocidos Buda de Leshan y los de las grutas de Yungang en China, o los tristemente desaparecidos budas gigantes de Bamiyán en Afganistán. El de Seokguram, a pesar de estar en una gruta artificial, comparte esa tradición.

Enclavada en uno de los picos de la montaña Tohamsan, a la gruta se accede tras subir unas muy irregulares escaleras construidas en la piedra. Más allá de las estatuas de Bonjon Bodhi-sattva y sus discípulos, la visita merece la pena por la belleza del emplazamiento en perfecta comunión con la naturaleza.

Regresamos a Gyeongju y tras recoger las maletas nos dirigimos a la estación de autobuses para tomar el que nos ha de conducir a Busan.

Carentes de una red ferroviaria tan extensa como la de Japón, los autobuses en Corea suplen esa deficiencia. Hay multitud de líneas y son rápidos, cómodos y seguros.

Los hay de tres clases, el Non-Stop Bus, que va directo de un punto a otro sin efectuar paradas; el Express, que puede o no hacer alguna parada y el Intercity, que tiene numerosas paradas hasta llegar al final.

Tomamos un Express que no efectúa ninguna parada hasta Busan y que, en menos de una hora, nos deja en nuestro destino. Una vez en la Estación central de autobuses nos dirigimos en un taxi hasta al que será nuestro alojamiento, el Nongshim, un magnífico hotel situado cerca de la parada de metro de Onchunjang.

Como hemos llegado tarde y cansados, nos limitamos a hacer el check-in en el hotel y pasear y cenar por los alrededores. Ya habrá tiempo de explorar la ciudad al día siguiente.





jueves, 22 de noviembre de 2012

Busan, una ciudad que rodea montañas

"El barco pequeño de la vida que naufraga en el mar embravecido, sin ancla ni timón navega en el mar terrible donde un fragmento de la esperanza que sueña el país de oro, aún no descubierto, se convieerte en brújula, en ruta de navegación y en viento favorable; una última parte de la ola golpea el cielo y otra última parte de la ola golpea la tierra." Su silencio. Han Yung Un



Como dice Luis de Luis@Keio experiencing Japan “Busan NO es una ciudad rodeada de montañas, es una ciudad que rodea montañas.” Resulta difícil hacerse una idea del contorno y de la imagen de la ciudad pero en cambio resulta muy fácil moverse por ella con el metro. Fácil y barato, el billete sencillo cuesta 1.100 W para un trayecto corto o 1.300 W para una viaje largo. También existe el pase válido para todo el día que cuesta 3.500 W y que realmente sale a cuenta. En todas las estaciones existen máquinas expendedoras con instrucciones en inglés.

No teníamos una idea muy clara de lo que íbamos a hacer en Busan, tan solo teníamos claro que queríamos visitar el Mercado de Pescado de Jagalchi y el templo de Beomeosa.

Así que bien de mañana nos dirigimos en metro hasta la estación de Jagalchi, de la línea 1, cuya salida 10 nos dejaría cerca del mercado.

A diferencia del famosísimo Mercado de Tsujiki en Tokio cuya actividad reside en el interior del mercado, el de Jagalchi vale la pena por los centenares de paradas de pescado, mariscos y algas que se amontonan en los alrededores del edificio principal.

Es un colorido espectáculo para la vista, pero también para el olfalto y el oído. El soniquete "¡Oiso!, ¡Boiso!, ¡Saiso!", (¡Venga!, ¡Vea!, ¡Compre!) que continuamente proclaman las vendedoras acompaña toda la visita.

Después de la experiencia del mercado, aprovechando que hay una parada del Bus Turístico y una oficina de información donde podemos comprar el billete, decidimos hacer un trayecto en el mismo. No disponemos de mucho tiempo en Busan y creemos que es una buena manera de hacernos una idea global de la ciudad. Una ciudad que se nos escapa en la complejidad de su orografía.

Hay varias rutas y nos decidimos por la de Haeundae que desde la Estación de Busan recorre el Museo de Busan, la Playa Gwangalli, Nurimaru, la Playa Haeundae, el Centum City, el Museo de Arte Moderno (Bexco), el Puente Gwangandaegyo, el Cementerio Conmemorativo de la ONU y, en un trayecto circular regresa a la Estación de Busan.

No acaba de ser una idea del todo provechosa. El tráfico de Busan es infernal y la ciudad se nos continúa escapando. Con todo, disfrutamos de las vistas de la gigantesca playa de Haeundae, repleta a rebosar con miles de sombrillas y bañistas con complejos trajes de baño o con camisetas para impedir el paso de los rayos de sol, en esa fobia tan característica de los orientales por el sol.

De regreso a la Estación de Busan nos encaminamos hacia el Barrio Chino para comer en uno de los numerosos restaurantes que pueblan el lugar. Comida china realmente muy buena. Como ha venido siendo habitual desde que llegamos a Corea, somos los únicos occidentales en el local y el resto de comensales nos observan con curiosidad poco disimulada.

Llama la atención la proliferación de rótulos escritos en caracteres cirílicos. La estrecha relación comercial y el tráfico de personas que unen Busan y la ciudad rusa de Vladivostok, hacen que la presencia de marineros y turistas rusos sea una constante, sobre todo en las zonas comerciales cercanas al puerto. Probablemente Busan es de los pocos lugares de Asia donde occidental no es sinónimo de americano, aquí cualquier occidental es calificado de ruso.

Después de la abundante comida –que por primera y única vez en todo el viaje no es picante-, nos dirigimos al centro de la ciudad vieja, las áreas de Gwangbok-dong y Nampo-dong, un animado eje comercial poblado de tiendas, cafés y un interesante mercado callejero. Visitamos también la plaza BIFF, la zona que abarca desde Nampo-dong hasta Chungmu-dong que es epicentro del famoso festival cinematográfico de Busan.

Ya en el hotel coincidimos con el equipo de béisbol que se ha enfrentado con los Gigantes de Lotte, el equipo local. Por sus caras deducimos que el resultado no debe haber sido favorable, resulta chocante ver a los jugadores vestidos todavía con sus uniformes moverse por el hotel. Busan es la capital del béisbol y el equipo local toda una institución.

Al día siguiente emprenderemos el camino hacia Japón pero reservamos la mañana para visitar el templo de Beomeosa.



miércoles, 21 de noviembre de 2012

Beomeosa, “el Templo del Pez del Nirvana”

"De aquellas meditaciones elaboradas debajo de la manta nunca surgió un proyecto verdadero. No tenía por qué serlo. De haber concebido algo audaz lo habría tenido que consultar con mi mujer, y, en ese caso, seguro que ella me habría reñido." Alas. Yi Sang

Si preguntas en Corea acerca de cual es el deporte nacional, algunos responderán que el fútbol, otros que el taekwondo o el béisbol, pero lo cierto es que a partir de determinada edad, el deporte nacional es el excursionismo.

Es domingo y es temprano. El metro que nos ha de acercar al templo de Beomosa está completamente lleno de numerosos abueletes coreanos y famílias enteras que, calzados con poderosas botas de montaña, equipados con prácticas mochilas y provistos de bastones de montaña, se disponen a practicar su deporte favorito, la conquista de la montaña.

El templo de Beomeosa esta situado en la montaña de Geumjeong, en el extremo norte de la ciudad, y es un popular lugar para practicar el excursionismo. Allí se inician numerosas rutas de montaña que son las que los dispuestos abueletes que nos acompañan en el metro se aprestan a conquistar.

A unos doscientos metros de la estación de metro de Beomeosa (línea 1) se encuentra la parada del autobús 90 que, por 1.000 W, te acerca a la entrada del templo. También se puede llegar caminando, son unos tres kilómetros a través del bosque.

Cuenta la leyenda que en la cima de Geumjeong había un manantial del que salía un agua dorada que tenía propiedades mágicas y que un día un pez dorado vino del cielo y vivió allá desde siempre. Por ese motivo la montaña se denominó Geumjeong (manantial dorado) y el templo Beomeosa que traducido literalmente sería Templo del Pez del Nirvana. Beom (범;梵) = nirvana - eo (어;鱼) = pez - sa (사;寺). = templo.

El camino del templo está franqueado de estatuas de tortugas gigantes y un pequeño río atraviesa la montaña. Allá, grupos de amigos y familias se instalan para comer y bañarse en sus aguas.

Las instalaciones del templo ocupan una larga extensión de terreno. Lo que vemos no son las edificaciones originales, que fueron destruidas durante el Imjin Waeran, la invasión japonesa de 1592, cuando los monjes de Beomeosa se enfrentaron y derrotaron a los invasores japoneses que en su retirada incendiaron el templo. La reconstrucción de 1713 es la que podemos disfrutar en la actualidad.

El templo de Beomeosa fue también un centro destacado de la resistencia coreana durante la ocupación japonesa entre 1910 y 1945 y durante muchos años albergó los secretos del Sunmudo, el arte marcial zen nacido en el Templo Golgulsa que también se desarrolló en Beomeosa y que ahora el monje Ando enseña por el mundo.

Disfrutamos plácidamente de la visita al templo, en donde numerosos coreanos se dedicaban a la plegaria. Pero se acercaba la hora de partir y nos encaminamos al aeropuerto de Gimhae donde debemos tomar un avión de Asiana Airlines que nos trasladará a Fukuoka.

El aeropuerto no es pequeño, pero nos traslada una cierta inquietud el comprobar que somos los únicos occidentales en el mismo. Salimos de Busan a las 17:00 horas y tras un vuelo que no llega a durar una hora, llegamos a Fukuoka.

Desde el aeropuerto tomamos el metro de la línea Kuko que por 250 ¥ nos deja en la estación central de trenes de Hakata. El trayecto dura apenas cinco minutos.

Una vez en la estación aprovechamos para dirigirnos a la oficina del JR para cambiar el ticket del Japan Rail Pass y hacer las reservas de los trens de los próximos días: Hakata-ShinOsaka, ShinOsaka-Hiroshima y Hiroshima-Kanazawa.

Nuestro hotel en Fukuoka es el Canal City Fukuoka Washington Hotel que dista apenas diez minutos caminando de la estación. Se encuentra justo al lado del centro comercial de Canal City. Muy a pesar nuestro no disponemos de tiempo para visitar la ciudad, tenemos tan solo una noche antes de partir mañana hacia Osaka, pero lo que no podemos perdonar es una apetitosa cena de tonkotsu-ramen.

Según la Lonely Planet:

“Para la gran mayoría de japoneses, Hakata significa Ramen, sobre todo tonkotsu-ramen, fideos en sopa hecha de huesos de cerdo.”

Nos dejamos caer en un yatai de Nakasu delante de Canal City y con el delicioso sabor del tonkotsu-ramen celebramos nuestro regreso a Japón.