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miércoles, 20 de agosto de 2014

Perdidos en el laberinto de Lijiang

"La ciudad antigua de Lijiang es, además, una ciudad marcada por las huellas de la vida de los naxi de generación en generación y la trayectoria de la historia. Y, lo que es más valioso, los naxi, laboriosos y bondadosos, viven hasta hoy en la ciudad y en las casas tradicionales que se ven por todas partes en la ciudad, razón por la cualse trata de una ciudad antigua "viviente", una ciudad antigua que atestigua la historia y sigue los pasos de la vida cintemporanea, una ciudad antigua que aún vive." Viviendas populares de China. Deqi Shan.

El viaje en tren a Lijiang apenas dura dos horas y media, relativamente corto para lo que son las distancias en este país. En el compartimento nos acompaña un joven que no se despega de sus auriculares durante todo el trayecto, lo que nos facilita dedicarnos a dormir y descansar.

Una vez llegados a Lijiang, la primera impresión no puede ser más equivoca, la estación está situada en una especie de tierra de nadie, sin apenas personas ni tampoco taxis.

A fuerza de buscar e insistir conseguimos que una taxista nos lleve hasta una de las puertas de la ciudad vieja -se supone que es la más próxima a nuestro hotel- con la recomendación que preguntemos en el kiosco de información turística -hay unos cuantos diseminados por la ciudad vieja-, para que nos indiquen cómo llegar.

Localizar nuestro hotel no acaba siendo una aventura fácil. La ciudad antigua de Lijiang es un intrincado laberinto de calles y callejuelas donde, al menos la primera vez, resulta muy difícil orientarse. Por ello es recomendable concretar con tu alojamiento el traslado desde el aeropuerto o estación. Desgraciadamente, el correo de nuestro hotel donde nos ofrecían el servicio fue a parar a la carpeta de spam y no tuvimos ocasión de poder acordarlo.
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Conseguimos localizar la calle de nuestro hotel, pero descubrimos horrorizados que el número no existe. Después de múltiples idas y venidas, carreteando las maletas por calles empedradas, y con un calor de justicia, un grupo de estudiantes chinos de visita en la ciudad se apiadan de nosotros y deciden convertirnos en su buena acción del día y hacen lo que nosotros deberíamos haber hecho hace tiempo y no se nos ocurrió, llamar al hotel.

En menos de dos minutos una persona del hotel se nos acerca y nos conduce los apenas 15 metros que nos separaban de nuestro destino y descubrimos asombrados el misterio de los números desaparecidos: la numeración de la calle continúa por el lateral y por la parte trasera hasta volver a la calle principal una vez cubierto todo el cuadrado. Un sistema que no habíamos visto nunca y que nos deja absolutamente alucinados.

El recibimiento en el Jun Bo Xuan Boutique Guesthouse compensa con creces los sinsabores de la llegada. El Jun Bo Xuan es una magnífica casa tradicional donde todas las habitaciones dan al patio central.

Antes de conducirnos a nuestra habitación, nos sirven unos vasos de pu-erh, el afamado te de Yunnan, que tomamos a la manera tradicional esperando que los pedacitos de las hojas se posen en el fondo del vaso antes de beber el preciado líquido. También nos ofrecen fruta para alegrar nuestra llegada. Aprovechamos para informarles de los dos lugares que queremos visitar estos días, Yulong y el Salto del Tigre, nos responden que no hay problema y que ya lo concretaremos por la tarde. Quedamos a una hora determinada y aprovechamos para descansar y visitar un poco la ciudad.
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Lijiang es la capital de los Naxi, la minoría étnica que puebla este indómito territorio definido por el río Yangtzé y la Montaña del Dragón de Jade, justo los dos lugares que visitaremos en los próximos días.

Los Naxi, unos 320.000, habitan mayoritariamente en Yunnan aunque también los hay en la vecina Sichuan. Forman un grupo humano excepcional pues conservan el único sistema de escritura de pictogramas que aún sigue siendo utilizado en el mundo.

Su religión, Dongba, también es de una originalidad sorprendente, siendo su mito de la Creación del Mundo un buen ejemplo, quien lo quiera conocer a fondo que no se pierda el libro La Creación del Mundo y otros mitos de los Naxi de Pedro Ceinos Arcones. Para abrir boca citemos el inicio de la leyenda en palabras del propio Pedro Ceinos: “En los tiempos remotos el cielo y la tierra estaban en una continua agitación, los árboles podían andar, las piedras podían hablar. El cielo, la tierra, el sol y la luna, las piedras y árboles, agua y fuego, las montañas y los ríos aún no se habían formado, sin embargo existía el reflejo del cielo y la tierra, el reflejo del sol y la luna, el reflejo de piedras y árboles, el reflejo del fuego y el agua, el reflejo de los ríos y montañas, y el reflejo de los ríos y corrientes.”

La ciudad antigua de Lijian es un auténtico laberinto de calles, callejuelas y canales conectados por los más de 300 puentes de piedra de los que dispone la ciudad. En 1996 un terremoto la destruyó habiendo sido totalmente reconstruida.

La plaza Sifang Jie (plaza del mercado viejo) es el centro humano y vital de la ciudad vieja. A ella acuden y de ella parten ríos y ríos de gente que colapsan las calles que dan a la plaza. Antes de que se convirtiera en un mercado al aire libre seguro sería una ciudad preciosa, con los canales, las calles empedradas, las casas de madera... A simple vista lo continua siendo, pero tan solo es una fachada, no parece que la gente viva ya en la ciudad vieja, únicamente hay hostels, restaurantes, bares y tiendas turísticas (de té, artesanía, música) y ríos y ríos de gente. No podemos quejarnos, nosotros somos uno de ellos, pero sí que está en nuestra mano alejarnos un tanto.
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Lejos del centro y las calles principales todavía puedes encontrar un resquicio de la calma y la atmósfera que seguro había tiempo atrás, antes de que se convirtiera en una atracción turística y la adaptaran a los gustos modernos del turista chino (el 99,99% de los que hay en la ciudad).

Nos alejamos de la plaza Sifang Jie y subimos por Shizi Shan (la colina del león) que tiene unas vistas inmejorables de la ciudad vieja, además de una interesante pagoda, un relajante jardín y las recurrentes torres del tambor y de la campana.

Empieza a anochecer y el arroz con pollo picante que comimos al medio día ya está totalmente olvidado, de regreso a la ciudad vieja paramos en una de las paraditas de comida que pueblan la ciudad y disfrutamos de sendas Baba, la tradicional torta naxi de harina rellena de carne, que sacian nuestro apetito.

Es ya negra noche y por las calles principales no hay ningún problema, pero cuando tomas algún callejón secundario la cosa cambia, no hay luz y las linternas pequeñas que siempre nos acompañan demuestran ser una buena idea.

Llegamos al hotel y directos a la cama, lo necesitamos.

martes, 19 de agosto de 2014

Yulong, conocido como el paraíso de los suicidas, inspira a nuestro conductor

"Lijiang está en el noroeste de la provincia suroccidental china de Yunnan. Es aquí donde vive la sencilla y honesta etnia naxi, se encuentran esa ciudad antigua y sus viviendas populares perfectamente conservadas, se halla la montaña nevada Yulong eternamente vestida de blanco y se palpita la cultura de los naxi." Viviendas populares de China. Deqi Shan.

En Lijiang, Yulong, la Montaña Nevada del Dragón de Jade es una presencia omnipresente. Distante tan solo quince kilómetros de la ciudad, el gigante helado parece observar serenamente la vida de los naxi y el transcurrir del tiempo.

En absoluto resulta una presencia amenazante, más bien reconforta, por eso no resulta nada extraño que los naxi la consideren una deidad protectora.

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La montaña tiene trece picos, siendo el más alto el Shanzidou de 5.596 metros, se trata de un pico extremadamente difícil, tanto que solamente una expedición americana, en 1987, lo ha llegado a coronar. A sus pies se extiende el glaciar Baishui No. 1, que es el que nos disponemos a visitar hoy, para ello deberemos subir hasta los 4.680 metros, la máxima altura a la que habremos llegado nunca.

Después de un contundente almuerzo chino compuesto de un enorme tazón de caldo con toda clase de verduras y carne, dos huevos duros, té y bollos, creemos estar dispuestos a enfrentarnos a cualquier cosa. La inagotable fuente de sorpresas que es este país y sus habitantes, nos desmentirá más adelante, pero no adelantemos acontecimientos.


Subimos a una furgoneta y emprendemos el camino en compañía de una joven pareja y de dos amigas, todos chinos por supuesto, con quien compartiremos el viaje. Las chicas que viajan juntas chapurrean algo de inglés, lo que se convertirá en algo muy útil más adelante.


El suicidio por amor fue, hasta 1949, una práctica muy extendida entre los naxi y Yulong el escenario habitual del rito. En la tradición naxi, los padres eran quienes acordaban los matrimonios, pero a los jóvenes, tanto de un sexo como de otro, les era permitido mantener relaciones abiertas antes de la boda. Ocurría que muchos se enamoraban de alguien distinto a la persona elegida. En ese caso, y para no desobedecer a sus padres, los jóvenes optaban por el suicidio ritual. Se vestían con sus mejores galas y subían a la montaña donde pasaban sus últimos momentos, bebiendo, bailando y haciendo el amor, justo antes de lanzarse juntos al vacío, ahorcarse o envenenarse, para, en su creencia, pasar a tener una existencia placentera en el paraíso que situaban en las cumbres de Yulong. Finalmente, y dado que para los naxi el mundo se compone de parejas, los amantes eran enterrados juntos.


postitNo sabemos si imbuido de ese espíritu suicida, nuestro conductor decide saltarse un gran control policial situado poco antes de la entrada al parque natural. Se desata un caos de silbidos, gritos y ruido, y justo cuando los policías ya han desenfundado sus armas y empiezan a apuntarnos, decide frenar en seco. 


Con el corazón latiéndonos a mil y el temblor en las piernas, vemos como un numeroso grupo de policías se acerca con precaución, cara de pocos amigos y por supuesto encañonando a la furgoneta. Al aproximarse y ver a dos occidentales en el interior, la situación se destensa un tanto y casi se hace la tranquilidad.


Sacan al conductor de la furgoneta y se lo llevan a un margen de la carretera, a los demás nos piden la documentación, todo con una corrección exquisita. ¿Por qué se habrá saltado el control? Vete tú a saber, no tendrá o tendrá caducado el permiso de conducir, o no tendrá documentación la furgoneta, sea cual sea la razón llevamos una hora parados y sin salir del vehículo. Nuestros compañeros de viaje parecen haberse tranquilizado y nos dedican alguna que otra sonrisa, cuando un policía sube al interior de la furgoneta, nos saluda y la conduce hasta la entrada del Parque nacional, cubriendo los cinco kilómetros que todavía distaban. 


En el párquing, con una sonrisa, el policía se despide de nosotros y nos remite a una mujer que nos estaba esperando. Por lo visto, el conductor suicida la había avisado por teléfono para que se encargara de nosotros.


Nos equipa con unos impresionantes plumones rojos que cubren desde la cabeza a los pies y nos das los botellines de oxigeno, hay excitación en el ambiente y tras enseñarnos como se usa el oxigeno subimos a un autocar que nos conduce hasta el telesilla que nos sube a la pradera del Mar Seco ya a 3.356 metros de altitud. El frío aprieta y la niebla se espesa encima nuestro. Está claro que hoy no podremos disfrutar de las vistas, pero no por eso vamos a renunciar.


postitUn telesilla nos conduce a la pradera del Abeto de las nubes a 4.506 metros de altitud, ahora toca subir a pie los 174 metros que nos separan del observatorio del glaciar Baishui No. 1, el último punto al que se puede acceder caminando por la montaña. Caminar a esta altitud, para nosotros que no estamos acostumbrados, es toda una experiencia, los movimientos se ralentizan y el tiempo parece alargarse. Vamos ascendiendo por escaleras que se combinan con pasarelas de madera, no se hace necesario el oxigeno, pero vemos como muchos caminantes le van dando de forma compulsiva, y decidimos que, ya que lo tenemos, lo aprovecharemos, pero la verdad es que no notamos nada especial. Lentamente llegamos a nuestro destino, los 4.680 metros marcados en un monolito en el que nos hacemos las correspondientes fotografías. Toca ya iniciar el descenso.


Desandamos el camino y una vez abajo de nuevo tenemos la sorpresa de reencontrarnos con nuestro conductor suicida que, como si no hubiera pasado nada, nos espera tranquilamente para llevarnos a comer.


Nos conduce al valle de la Luna Azul donde, en un extraño cobertizo de montaña, nos disponemos a comer. El lugar es muy curioso, en penumbra, un grupo de hombres fuma en silencio y juega a las cartas, nosotros ocupamos el otro extremo, en una mesa redonda, donde nuestro grupo compartimos una abundante comida. Acompañados por el té, se suceden los platos de verdura, carne, arroz… Tras saciar nuestro apetito salimos a disfrutar de la belleza del valle.


Lo que se aparece ante nuestros ojos es un paisaje mágico, cascadas de agua blanquecina que dan paso a lagos de un azul intenso, terrazas mágicas… Nunca hemos visto nada parecido, es un espectáculo único que por si solo justifica todo el viaje.


De regreso a Lijiang, tenemos ocasión de ver grupos de yaks que pastan tranquilamente en las praderas. Apenas se inquietan de nuestra presencia. Es un animal poderoso que reina en un paisaje extraordinario.


La vuelta se hace sin incidentes y ya en el hotel aprovechamos para descansar un poco antes de salir a cenar.


postitPor la noche Lijiang se transforma. En la frontera entre la ciudad vieja y la ciudad nueva abundan los bares musicales y karaokes dispuestos a las mil y una estratagemas para atrapar al turista chino, es otro mundo. Nosotros callejeamos sin destino pero llevamos la lista de restaurantes recomendados por la Lonely. Casi sin darnos cuenta nos tropezamos con uno, el Lamu’s House of Tibet y decidimos entrar. Está en un primer piso de un edificio de madera, la familia hace la vida en el mismo restaurante y tiene razón la guía cuando dice que “anteponen las sonrisas y el buen servicio a los yuanes”. Una familia encantadora sirviendo una comida fantástica.


La comida tibetana se basa en el yak y sus derivados como la mantequilla. Está francamente buena y además tienen la carta en inglés, no podemos pedir nada más, la estancia es muy cómoda y las vistas a la calle una manera discreta de pulsar la vida nocturna de Lijiang.


Después de una tranquila sobremesa, nos encaminamos tranquilamente al hotel, mañana nos espera el Yangtsé.

lunes, 18 de agosto de 2014

En el Salto del Tigre el Yangtsé no está para bromas

"Según la creencia china, en un valle próximo discurría un hilillo de agua que crecía y se convertía en el gran torrente pardo que desembocaba en Shanghai, el gran río que sólo los forasteros conocen con el nombre de Yangtse. Este río es una de las pocas características geográficas ante la cual los chinos se muestran sinceramente místicos. Pero eso no los distingue: casi todo el mundo queda fascinado por los grandes ríos." En el gallo de hierro. Viajes en tren por China. Paul Theroux.

La lengua de los naxi es el Dongba, y en ella Na significa respetable y Xi personas, y sí, los naxi son "personas respetables", como lo son la inmensa mayoría de las personas que conocimos durante nuestra estancia en China. Hoy, en nuestro viaje al Salto del Tigre, tendremos una nueva ocasión de comprobarlo.

Nos hemos sumado a un grupo de unas 80 personas que, en autocar, se encamina hacia el Salto del Tigre. Por supuesto, somos los únicos occidentales y solamente un chico joven sabe algo de inglés.


El autocar nos recoge en la pequeña plaza que se encuentra a la salida de la ciudad vieja más cercana al hotel, no sabemos a quién debemos esperar hasta que empieza a sonar nuestro teléfono, una voz empieza a decir “go, go. go...” y vemos a alguien que desde la puerta de un autocar nos hace señales. Nunca ponderamos lo suficiente la utilidad de tener una sim china.


Nada más subir, y tras recoger a algún pasajero más en un hotel cercano, el guía inicia lo que será una hora de cánticos colectivos amenizados con algún que otro chiste. Es curioso y divertido y en la medida de lo que podemos nos sumamos a los cánticos.
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Cuando llevamos poco más de una hora de viaje, el autocar se detiene en un lateral de la carretera y todo el grupo nos dirigimos hacia lo que alguna vez fue un embarcadero en el río Jinsha, ahora completamente anegado por las aguas.

Jinsha es el nombre que recibe el Yangtsé en su paso por esta zona de Yunnan, literalmente quiere decir “Río del polvo de oro" y es un nombre que le hace justicia, el río tiene un color entre ocre y marrón y, fruto de las recientes inundaciones, se extiende fuera de su cauce anegando los campos y bosques vecinos.

Nos sueltan un chaleco salvavidas y en grupos de doce personas nos subimos a unas zódiacs que nos van a llevar en un trayecto de unos 40 minutos por el río. En nuestra zódiac viaja también una familia entera, padre, madre, abuelos y una niña de 10 años que nos acabaran adoptando durante el resto del día, haciendo nuestra visita todavía mucho mejor.

postitSubidos a caballito sobre la zódiac, con una pierna en el interior y otra casi tocando el agua nos deslizamos por el “Río del polvo de oro”. Cuando la barca coge velocidad realmente impresiona, pero lo más impactante es, sin duda, cuando nos adentramos en un bosque inundado y navegamos lentamente entre los árboles. Reina el silencio y la calma absoluta tan solo rota por el aleteo de algún pájaro o el chapoteo de alguna rana. Resulta una experiencia difícil de explicar pero intensa en cuanto a las sensaciones.

Atravesamos el río y, en unos camiones de tipo militar, nos llevan por caminos de piedra hasta un pequeño pueblo donde nos subimos de nuevo al autocar que nos acerca a un museo etnográfico de la minoría naxi. Lo vamos recorriendo con calma hasta que suena de nuevo el teléfono y una voz familiar nos recuerda que “go, go, go...”


Seguimos por un auténtico camino de carros, cuando Anna no puede dejar de comentar “te imaginas que pinchemos rueda” y acto seguido el autocar se detiene bruscamente, y no, no pinchamos rueda, rompemos el eje.


Y allá, en medio de ninguna parte, nos encontramos la pareja de occidentales y nuestros amigos chinos esperando que alguien venga a recogernos. Como siempre, nos maravilla la paciencia que exhiben ante lo inexorable.


Solamente hay un par de árboles y bajo su sombra se agolpan todos, nosotros preferimos el sol, pero al vernos, se acerca el abuelo de nuestra familia y como si estuviéramos locos nos lleva a la sombra, en medio de las risas de los demás. Esperamos tranquilamente hasta que, una media hora después, nos recoge otro autocar que nos lleva los pocos quilómetros que nos separaban del restaurante donde vamos a comer.


En el restaurante, y como viene siendo habitual, compartimos mesa. Los platos empiezan a llegar. Con sorpresa vemos como nuestros compañeros con los palillos revisan a fondo el arroz y una vez verificado que no cuenta con ninguna presencia inesperada empezamos todos a comer. La ventaja de la comida china es que ante un gran número de platos siempre encuentras alguno que te gusta mucho, hoy no es diferente y disfrutamos de la comida. Al finalizar tomamos un nuevo autocar que en poco tiempo nos deja en Qiaotou, en lo que será el inicio de nuestro recorrido por la garganta del Salto del Tigre.


Con 16 kilómetros de largo, la garganta del Salto del Tigre se abrió a los turistas extranjeros en 1992. Separa la Montaña Nevada del Dragón de Jade de la Montaña Nevada de Haba. En este punto, el Yangtsé se torna un río violento, los rápidos que se forman están entre los más turbulentos del mundo y el desfiladero también es uno de los más profundos del mundo (más de dos veces el Gran Cañón del Colorado), 3.900 metros entre la superficie del río y la cima de los picos. 

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Hay tres formas de visitar la garganta, una es el sendero que a lo largo de una caminata de dos días recorre los 16 kilómetros por las alturas ofreciendo unas maravillosas vistas, si se dispone de tiempo esta es sin duda la mejor opción. Otra es acercarse por carretera por el lado izquierdo del río, el lado de Shangrila y tras bajar unas largas escaleras acceder a la plataforma observatorio del salto, esta es la que utilizan la mayoría de turistas, en lo que es una parada en el camino de Lijiang a Shangrila y se producen numerosas aglomeraciones. La tercera, la que nosotros hicimos, es la del lado derecho del río, el de Lijiang, un camino plano de poco más de 2 kilómetros que, a nivel del río y casi rozando las aguas bravas y, en ocasiones, atravesando diversos túneles por el interior de la montaña, te acerca al salto, disfrutando del paisaje. Hay muy poca gente y a pesar del continuo recordatorio de que estas en una zona de peligrosos desprendimientos y la recomendación de que no te pares, el camino se disfruta intensamente.


A lo largo del camino el río baja con mucho caudal y fuerza, pero de una forma más o menos uniforme. Poco nos imaginamos el espectáculo, que tras doblar una curva, nos tenía reservado el Yangtsé, a nuestro ojos se abre una nueva dimensión, el río ha enloquecido y su fuerza se ha multiplicado por mil, ruge en un grito ensordecedor y da unos saltos increíbles. 


Unos metros más abajo hay una plataforma que te sitúa prácticamente al nivel del río. Anna baja las escaleras y yo prefiero disfrutar desde lo alto. El padre y la niña de nuestra familia china de adopción también bajan. Desde arriba veo como se disponen a hacer fotos cuando una avenida del río rompe contra las piedras y los dejas completamente empapados, bueno, a todos no, la niña ha sido lo suficientemente ágil y lista para correr un poco y salir prácticamente indemne. 


Nos reímos a gusto de la pinta que hacen almacenando en la mochila de recuerdos una anécdota más en nuestra colección de China. Disfrutamos del país y disfrutamos de su gente.


Desandamos el camino para regresar a Qiaotou, donde, teóricamente, debería estar nuestro autocar para regresar a Lijiang, pero obviamente no está. No han encontrado un recambio para el que rompió el eje y nos acomodan en grupos de seis en taxis-furgoneta venidos de Lijiang. 


El retorno se hace ligero, y ya de regreso a Lijiang volvemos a cenar en el restaurante tibetano de ayer, el Lamu’s House of Tibet. La familia nos reconoce y se alegra, y nosotros con ellos, disfrutando de una cena absolutamente recomendable.