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domingo, 25 de noviembre de 2012

Descubriendo las maravillas de Gyengju

"La huelga decidida por los sindicalistas de carrozas fúnebres ha bloqueado los caminos que llevan al panteón, y toma como rehenes a los cuerpos inertes, ¿para qué? Aunque lleváramos todas las carrozas al cementerio de vehículos y las aplastáramos, jamás dejarían de celebrarse los funerales." Yo que no soy nada, lo soy todo. Choi Seung-ho



Hoy dejamos Seúl y nos dirigimos a nuestro siguiente destino, Gyeongju, la capital del antiguo Reino de Silla.

El viaje lo haremos en tren. En Corea existen tres tipos de tren, el KTX, un clásico tren de alta velocidad, el Saemaeul o tren de primera clase y el Mugunghwa o tren de segunda clase. Vamos hasta Dongdaegu en un KTX y allí transbordamos a un Saemaeul que nos conduce finalmente hasta Gyeongju. Salimos de Seúl a las 7:30 y llegamos a Gyeongju a las 10:43. Trenes cómodos, limpios, puntuales… ningún problema.

La reserva la hemos hecho y pagado meses antes en la página oficial de los ferrocarriles coreanos. Luego simplemente nos presentamos en la taquilla de la estación de Seúl, poco antes de la hora de partida, con la copia de la reserva y el pasaporte, y nos proporcionan los billetes.

Llegamos a Gyeongju en medio de una gran tormenta. Como nuestro alojamiento está cerca de la estación decidimos ir a pie. Craso error. Sobrevaloramos nuestra capacidad de orientación en el laberinto de callejuelas de la zona antigua de Gyeongju donde está nuestro Hanok. Después de múltiples preguntas, de idas y venidas y de una muestra de primera mano de la exquisita amabilidad de los coreanos, a pesar de la barrera que supone el idioma, una vecina conoce el establecimiento y nos acompaña. Muchísimas gracias.

En Gyeongju, y siguiendo la recomendación de Robert la mitad valenciana de la imprescindible La Paella de Kimchi, hemos decidido alojarnos en un Hanok, el Sa rang chae.

De la misma manera que no se puede visitar China sin dormir en una cama Kang, ni Japón sin alojarse en un Ryokan, también es imperdonable ir a Corea y no alojarse en un Hanok. Es una bonita experiencia y además es muy barato.

La reserva resultó muy sencilla, un breve intercambio de correos (en inglés, eso si), con el señor Choo, propietario del Hanok, y reserva hecha.

La estancia en el Hanok fue muy agradable. Nuestra habitación, que daba al patio central, era espaciosa y con baño individual. Tras dejar las maletas, fuimos a explorar los alrededores y en este caso hablar de alrededores quiere decir la zona más hermosa y llamativa de Gyeongju, el parque Daereungwon,con sus 23 tumbas reales, impresionantes colinas verdes que alojan en su interior los restos de los monarcas coreanos del reino de Silla. Nos limitamos a disfrutar el paseo por el exterior dejando para otro día la visita al interior de las tumbas de Cheonmachong y Hwangnamdaechong, las más antiguas y grandes y las únicas que es posible visitar.

Continuando con el paseo, nos acercamos al Observatorio de  Cheomseongdae, el observatorio astronómico más antiguo que existe en Asia. Una preciosa construcción cilíndrica de 1.400 años de antigüedad.

A continuación llegamos al Almacen de hielo de Seokbinggo, otra inteligente construcción de más de 1.500 años de antigüedad y que permitía almacenar el hielo para uso y disfrute de la monarquía y la nobleza.

Finalmente, nos acercamos al Estanque Anapji. Disfrutar del atardecer en sus jardines y maravillarse con su iluminación es una experiencia maravillosa. El Rey Munmu construyó el Estanque de Anapji en el 674 de tal forma que no se pudiera ver íntegramente desde ningún punto. De regreso a Sa rang chae, disfrutamos de la iluminación nocturna de los mismos monumentos que habíamos disfrutado durante la tarde. De noche, la omnipresencia de los túmulos dibuja un paisaje inquietante.

En este nuestro primer día, la belleza de Gyeongju colmó todas nuestras expectativas.

Parque Daereungwon
Observatorio de Cheomseongdae


Almacen de hielo de Seokbinggo
Estanque Anapji


Estanque Anapji
Sa rang chae

sábado, 24 de noviembre de 2012

Gyengju, el templo Gameunsa y la Tumba Submarina del Rey Munmu

"Si muero seré una roca. Ni el amor ni la tristeza manchan la roca, ni la mueven la alegría o el enojo: sólo se desgasta por la lluvia y el viento, por el silencio profundo de miles y millones de años latiendo en su interior; en fin, olvidándose de la vida." Imágenes del tiempo, antología. Yu Chi-Hwan

Nuestro segundo día de estancia en Gyeongju lo dedicamos a visitar dos lugares un poco distantes del centro urbano pero que bien valen cubrir la distancia, el templo Gameunsa y la Tumba Submarina del Rey Munmu.

Tras un reconfortante desayuno que nos preparamos nosotros mismos en el Sa rang chae, caminamos hacia la estación de autobuses –próxima a la estación de ferrocarril-, para iniciar nuestra pequeña excursión.

Previamente, a la hora del desayuno, disfrutamos de la primera anécdota del día. Cuando llegamos al comedor, una de las mesas ya estaba ocupada por dos chicas. Tras los saludos de rigor en nuestro inglés de andar por casa, nos sentamos en la mesa y descubrimos que todos hablamos la misma lengua. Se trataba de dos hermanas, no ya de Barcelona, sino de nuestro mismo barrio, que andaban recorriendo Corea y Japón. Compartimos experiencias durante un ratito antes de iniciar nuestro recorrido del día. No las volveríamos a ver durante el viaje, pero hemos coincidido posteriormente en numerosas ocasiones ya que frecuentamos los mismos lugares del barrio (incluido el supermercado). Sí, el tópico es cierto, el mundo es un pañuelo.

Una vez en la estación de autobuses, tomamos el 150, que se dirige a la zona de Yangnam. El viaje dura una hora, aproximadamente, y bajamos en la parada de Gameunsa. Los autobuses tienen una frecuencia de una hora.

El templo Gameunsa es tal vez la primera decepción del viaje, apenas dos pagodas de piedra de 13 metros enclavadas en la nada. Después de quince minutos caminando por la carretera llegamos al mar y en él la Tumba Submarina del Rey Munmu.

Cuenta la leyenda que, tras haber reinado durante 21 años, el rey Munmu, a punto de morir, dirigió a sus consejeros las que fueron sus últimas palabras: “Cuando muera, incinerad mi cuerpo y enterrad mis restos bajo las rocas del Mar del Este. Allí permaneceré como dragón que cuida la paz de mi reino”.

Muchos creen ver en la Tumba Submarina del Rey Munmu la forma de un dragón. Para entender mejor la leyenda hay que tener presente que, a diferencia de otras culturas, en la tradición coreana los dragones son seres buenos y benefactores y no están asociados con el fuego, sino con el agua, donde tienen su morada.
La tumba en sí, aparte del simbolismo, no tiene nada de especial, unas cuantas rocas, morada de gaviotas, que emergen del agua, pero el paseo por la playa, el mar y toda la zona resultan especialmente bellas.

De regreso a Gyeongju, después de un pequeño susto en el autobús que nos transporta, cuyo conductor se ve obligado a realizar un brusco frenazo para esquivar a un coche que se le ha cruzado inesperadamente, y que acaba con algunos de los pasajeros por el suelo, pero afortunadamente sin que nadie se dañe, y de una comida -superpicante- en un pequeño local con cuatro mesas y la cocina a la vista, nos dirigimos al Museo Nacional. Como la tarde amenaza lluvia, una visita a cubierto nos parece una buena opción. La amenaza se cumple y el museo nos resguarda de las inclemencias del tiempo. El Museo es una muestra abundante de la artesanía y de los diferentes hallazgos arqueológicos del Reino de Silla. Es una visita entretenida, pero a no ser que de verdad te gusten los tesoros arqueológicos, no merece una especial dedicación.

Regresamos al parque de Daereungwon para visitar el interior de las tumbas de Cheonmachong y Hwangnamdaechong. Si por fuera la vista de los túmulos es espectacular, el interior no lo desmerece. El respeto con que los coreanos discurren por el interior de las tumbas habla bien a las claras de lo orgullosos que están de su historia.

Al acabar la visita nos dirigimos al casco urbano de Gyeongju, para recorrerlo por última vez y cenar en uno de los numerosos restaurantes de la zona. De camino a nuestro Hanok asistimos a una representación teatral al aire libre que tiene lugar frente a un túmulo del parque. Los vestidos son espectaculares y también las risas del público, pero como nuestro desconocimiento del coreano es absoluto, no podemos disfrutar de la obra, nos limitamos a dejarnos llevar por la música y constatar de nuevo, que de día o de noche, Gyeongju es una ciudad preciosa.

Acabamos el día disfrutando de nuevo del estanque de Anapji, que iluminado por la noche ofrece una perspectiva bellísima. Es una delicia pasear de noche, disfrutando de la vista, entre sombras y penumbras, de los túmulos, de las largas alfombras de nenúfares, con la tenue iluminación de unos curiosos faroles que van cambiando de color.


viernes, 23 de noviembre de 2012

Adios a Gyeongju y camino de Busan

"El hombre le dijo al monje: ¿oiga reverendo monje, cómo es que no ha muerto todavía? A lo que el monje respondió: Tan ocupado estoy en librarme de la muerte que, aunque quiera, no tengo tiempo para morirme."Cuentos coreanos de tradición oral. Im Sokche


Son nuestras últimas horas en Gyeongju y aún nos quedan dos visitas imprescindibles. Despues de hacer el check-out en nuestro Hanok y dejar las maletas que más tarde iremos a recoger nos encaminamos a la estación de autobuses donde tomamos el número 10 que pasa cada 15 minutos y nos encamina al Templo Bulguksa.

Distante unos 16 kilómetros del caso urbano de Gyeongju, enclavado en un paisaje verde y montañoso, el templo es otra otra de esas maravillas casi desconocidas que tanto abundan en Corea.

Construido según los patrones del  Pungsu-jiri-seol, la versión coreana del  Feng Shui, llama la atención el colorido presente tanto en las figuras como en los abundantes farolillos y construcciones. A diferencia de la sobriedad del budismo japonés o el exceso del budismo chino, en Corea los templos respiran más alegría y colorido.

La visita a Bulguksa merece su tiempo, disfrutar y recrearse con cada uno de los detalles. Prácticamente destruido durante la invasión japonesa de 1592, fue reconstruido parcialmente durante la ocupación japonesa de Corea (1910-1945) y completamente restaurado en 1973.

Como siempre, llama la atención la belleza evocadora de los nombres de las diferentes partes del templo: Puente de las Nubes Azules, Puente de las Nubes Blancas, Puerta de la Niebla Púrpura,  Salón Sin Palabras y, cómo no, el Salón de la Suprema Felicidad.

Desde el aparcamiento que está a la entrada del templo, sale un autobús que cada hora lleva hasta la cercana Gruta de Seokguram.

Tanto la construcción del templo de Bulguksa como de la Gruta de Seokguram, se atribuyen a Kim Daeseong, ministro principal de Silla durante el reinado del rey Seongdeok.

Según relata el Samguk Yusa, o Memorias de los Tres Reinos, la colección de leyendas, cuentos y recuentos históricos relacionados con los Tres Reinos de Corea, escrito en chino clásico a finales del siglo XIII, Kim Daeseong era la reencarnación del hijo de una mujer piadosa pero muy pobre, por ese motivo y para honrar a ambas famílias, construyó Bulguksa en memoria de sus padres y Seokguram en memoria de los padres de su vida anterior.

Existe una larga tradición de excavar estatuas de Buda en el interior de montañas, como así atestiguan los conocidos Buda de Leshan y los de las grutas de Yungang en China, o los tristemente desaparecidos budas gigantes de Bamiyán en Afganistán. El de Seokguram, a pesar de estar en una gruta artificial, comparte esa tradición.

Enclavada en uno de los picos de la montaña Tohamsan, a la gruta se accede tras subir unas muy irregulares escaleras construidas en la piedra. Más allá de las estatuas de Bonjon Bodhi-sattva y sus discípulos, la visita merece la pena por la belleza del emplazamiento en perfecta comunión con la naturaleza.

Regresamos a Gyeongju y tras recoger las maletas nos dirigimos a la estación de autobuses para tomar el que nos ha de conducir a Busan.

Carentes de una red ferroviaria tan extensa como la de Japón, los autobuses en Corea suplen esa deficiencia. Hay multitud de líneas y son rápidos, cómodos y seguros.

Los hay de tres clases, el Non-Stop Bus, que va directo de un punto a otro sin efectuar paradas; el Express, que puede o no hacer alguna parada y el Intercity, que tiene numerosas paradas hasta llegar al final.

Tomamos un Express que no efectúa ninguna parada hasta Busan y que, en menos de una hora, nos deja en nuestro destino. Una vez en la Estación central de autobuses nos dirigimos en un taxi hasta al que será nuestro alojamiento, el Nongshim, un magnífico hotel situado cerca de la parada de metro de Onchunjang.

Como hemos llegado tarde y cansados, nos limitamos a hacer el check-in en el hotel y pasear y cenar por los alrededores. Ya habrá tiempo de explorar la ciudad al día siguiente.